Hay trabajos que, más que una profesión, terminan siendo una manera de habitar una ciudad. Oficios desde donde se observa cómo cambia el tiempo, cómo se transforma la gente, cómo se agrandan los barrios y cómo la tecnología modifica para siempre las rutinas.
En Comodoro Rivadavia, pocos trabajos permiten eso como el del taxista. Carlos lo sabe bien. Tiene décadas al volante, y cuando recuerda sus comienzos, lo hace con una mezcla de nostalgia, humor y orgullo. Empezó en septiembre de 1991, hace 35 años, cuando la ciudad era otra, los autos eran otros, y el taxi todavía era una institución.
“Yo empecé en septiembre de 1991. Arranqué manejando un Dodge 1500 color rojo, modelo 84”, cuenta. Después vinieron otros: “Seguimos con Ford Escort, tuve un Chevrolet Monza y terminé con un Toyota Etios”. La secuencia de vehículos resume, en parte, la evolución del oficio. Pero no alcanza para explicar cuánto cambió el trabajo desde entonces.
“Cuando yo empecé recién aparecían los primeros relojes digitales para cobrar la tarifa. Después se fue modernizando todo y al final tenemos hoy todos los chiches: GPS, pantallas donde se controla por dónde va cada taxi en todo Comodoro, cobramos con aplicaciones, QR… la verdad es un mundo totalmente distinto”. La transformación tecnológica llegó rápido. “Los cambios pasaron muy rápido. El tiempo pasa rápido, a mí se me pasaron volando”, dice.
En los 90, manejar un taxi implicaba mucho más que trasladar pasajeros. Era estar disponible, conocer la ciudad de memoria y resolver sobre la marcha. “Trabajábamos mucho en la terminal y en el aeropuerto. Hoy los chicos que andan manejando están mucho más cómodos; nosotros la sufrimos bastante”. La comodidad es una de las diferencias más evidentes. “Hoy tienen dirección asistida, autos automáticos, el pasajero viaja muy cómodo ahora”.
En cambio, aquellos primeros años tenían otra exigencia física. “Yo con mi Dodge 1500 fui a Camarones a llevar una turista. También he ido a Sarmiento”, recuerda. Era otra Comodoro. Más pequeña, menos extendida y, según él, más fácil de recorrer. “Se nota mucho cómo fue creciendo la ciudad. La extensión del Abásolo, San Cayetano, Km 8, Restinga, Bella Vista Sur, Bella Vista Norte, Fracción 14, Fracción 15… nada de eso existía. Era otra ciudad, mucho más chica”.
Tampoco las calles eran las mismas. “Kennedy, Polonia, las avenidas de los kilómetros, eran todas de ripio. La 13 de Diciembre también. Se andaba mucho más incómodo. De a poco fueron asfaltando”. La forma de conseguir pasajeros también era distinta. No existían aplicaciones ni celulares. “Trabajábamos mucho con los supermercados, buscando gente que salía de comprar”. Pero el gran aliado fue la radio. “Nos salvaba mucho. Poníamos una radio en algunos kioscos, con frecuencia AM. Entonces el que quería un taxi iba al kiosco, llamaba por radio e íbamos”.
La tecnología fue resolviendo muchas cosas, pero también modificó los vínculos. “En esa época nos ayudábamos mucho entre colegas. Nos la arreglábamos entre nosotros”, cuenta. La inseguridad también fue cambiando. “Antes era más seguro, pero también había asaltos bravos”. Carlos recuerda una historia que todavía impacta. “Tenemos un compañero que en el 83 manejaba un Falcon y le pegaron un tiro en un cerro. Le robaron todo y le dieron un tiro en la cabeza. Se salvó de milagro. Lo encontraron tres horas después”. Esos episodios hicieron que se sumaran radios y otros sistemas de seguridad. “Empezamos a poner radios y otros elementos para recorrer la ciudad más seguros”.
Carlos también fue testigo de distintas crisis económicas. “Hemos pasado muchas crisis. Recuerdo la del 2000 en la época de De la Rúa, los 90 con las privatizaciones. Pero esta es realmente muy difícil”. En los comienzos había menos competencia, pero mucho movimiento. “Teníamos 400 remises y unos 140 taxis. Mucho menos que ahora. No se conseguían las licencias, pero había trabajo”.
El taxi, dice, ocupaba otro lugar en la ciudad. “Era una institución en Comodoro. Presentábamos una nota y la Municipalidad nos pintaba las casillas, los cordones, siempre nos acompañaban. Hoy no lo vemos tanto”. Con el tiempo, el oficio dejó de ser sinónimo de estabilidad económica. “Antes se podía vivir mucho mejor siendo taxista. Yo tengo tres hijos, ellos estudiaron, se desarrollaron, y en casa trabajaba yo solo. Alcanzaba para mantener muy bien a toda la familia”.
Hoy, asegura, el panorama es distinto. “Hay taxis parados por falta de trabajo, gente grande que no llega a jubilarse y agarra taxi, remis o alguna aplicación”. Aun así, sostiene que el taxi conserva algo esencial. “El taxi es lo más seguro”.
Si algo sobra después de 35 años, son anécdotas. “Quedan miles”, dice, y se ríe antes de contar algunas. “Me acuerdo que había gente que me pagaba para seguir a los maridos o a las esposas. Había uno que decía que iba a jugar al fútbol, pero antes de salir se duchaba y salía todo perfumado. La esposa no le creía y me pidió que lo siguiéramos. Al final tenía razón… tenía otro”.
