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Quién era Nino Villaroel, el querido vecino que falleció en un incendio en km 5

Bernardino Villarroel, más conocido como “Nino” por la comunidad del barrio Kilómetro 5, falleció este lunes durante un trágico incendio. La noticia generó una profunda consternación y tristeza entre los vecinos, ya que se trataba de una persona muy querida en la zona.

“Un colaborador fiel, generoso y siempre dispuesto a acompañar cada necesidad de nuestra comunidad educativa”, destacaron desde la Escuela Margarita Galetto Abad a través de sus redes sociales.

Esas simples palabras permiten describir con claridad quién era el querido “Nino”: un jubilado bancario, repostero y dueño de una bondad inmensa, con un total significativo de 26 ahijados.

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Así fue como ADNSUR lo dio a conocer en una entrevista realizada el año pasado, donde quedó reflejado el cariño y el respeto que supo ganarse en su comunidad.

UNA VIDA QUE CRECIÓ ENTORNO AL BARRIO

Nino se crio junto a sus hermanos. Su padre era chileno, obrero del ferrocarril, y su madre, una tucumana a la que muchos recuerdan por su amabilidad y buena mano en la cocina.

Década del 50. Nino es el primer de atrás a la izquierda. Los cumpleaños de 15 y los asaltos eran el punto de encuentro en el barrio.

“Éramos una familia humilde. En km 5 nos criamos felices y vivíamos en hermandad. Para las fiestas nos cruzábamos a las casas de los vecinos para saludar”, recordó Nino en diálogo con este medio el año pasado. 

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La zona en donde vive pertenecía a los antiguos talleres del ferrocarril y él la refirió como “Vía y Obra”. Las familias habitaban en casas contiguas, construidas de chapa, con paredes interiores hechas de engrudo y bolsas de tela que, una vez secas, se pintaban.

Había otro sector de casas al que llamaban Fraternidad; allí, los chalets contaban con todas las comodidades y pertenecían a los empleados de jerarquía.

Nino tiene 26 ahijados, y eso delata la generosidad que todos dicen que posee. En la fotografía posa junto a los portaretratos de algunos de ellos.

Aunque la calle era el patio que los reunía a todos, sin importar apellidos ni procedencias, Nino no olvidó las diferencias sociales de la época: “Algunas familias educaban a sus hijos para que no se juntaran con determinado grupo de niños, y en la escuela, el 1.º A era para las clases sociales más altas”.

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Nino recordaba y viajaba en el tiempo, y su sonrisa recuperaba el aire inocente de aquellos años en los que los pantalones cortos marcaban la edad.

Los apellidos salen a borbotones de su boca: Mendonca, Cárdenas, Ligo, Cabrera, Pérez, Cali, Ergas y la lista se extendía; de cada anécdota había un nombre para recordar. Eran divertidos esos tiempos en que las travesuras los unían en la amistad.

En el fondo las barracas del ferrocarril

LADRONES DE CARAMELOS

Jugábamos mucho en los recreos largos de la escuela; éramos revoltosos. En los actos me pedían que decorara las pizarras para que no molestara”, recordó Nino.

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Aún tiene presente el sentido de respeto que había hacia los mayores y las autoridades. Si se cruzaban con el guarda del tren o con una maestra en la calle, todos se detenían a saludar para luego seguir con sus juegos.

Nino era revoltoso y tenía un sentido de justicia que predicaba entre sus compañeros. Se le vino a la memoria la tarde que organizó con sus amigos una reunión para pedir en la escuela que no los castigaran más.

Las chicas hicieron la petición a la directora; los chicos miraban a través de la ventana. La cuestión es que se armó un revuelo importante y citaron a los padres de toda la pandilla.

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El resultado fue la imposición de más castigos y, en la casa, los cinturonazos estuvieron a la orden del día. Era el sistema que se utilizaba en esa época para que los traviesos entraran en razón.

El quiosco de don Santa María era uno de los objetivos de estos pícaros. Frente al negocio había un álamo plateado y allí se reunían para distraerlo.

“Nos colgábamos de las ramas y cantábamos: ‘Santa María linda… lalalará’. Él nos miraba y salía con un rebenque para corrernos, y mientras unos huían, otros sacaban los caramelos del frasco”, añoró Nino.

No había sitio en donde estos jóvenes no cometieran fechorías; la calle, la escuela, la capilla y el cine eran buenos lugares para divertirse.

El cine de Tito Pérez reunía a las familias de km 5. Tenía butacas de madera y también de cuero.

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EL CINE DE DON TITO PÉREZ

“Llevábamos comida y almorzábamos en el cine porque comenzaba a las 13 horas. Comíamos fruta y escupíamos las semillas contra el calefactor; era divertido escuchar el ruido que se producía”, evocó Nino.

Cumpleaños en el barrio. La primera a la izquierda es Emma Garay, la mamá de Nino.

Había chicos que no podían pagar la entrada; entonces se trepaban hasta la banderola y tiraban petardos para interrumpir la función. Don Santa María, que atendía el quiosco del cine, dejaba su puesto para correr tras los traviesos.

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LA PILETA Y LOS CARNAVALES

La pileta era todo un clásico: descubierta y de agua salada. Al principio, solo accedían los empleados de YPF y sus familias. Sin embargo, los jóvenes del barrio, siempre ingeniosos, encontraban la manera de entrar.

“Eduardo Mijoc tenía el carnet, entraba a la pileta y luego, por arriba de las chapas, nos lo prestaba para que pasáramos nosotros”, comentó Nino.

La pileta de km 5 era de uso exclusivo para las familias de YPF, pero los jóvenes traviesos se las ingeniaban para “colarse”. Entraban con el carnet de algún amigo, o le llevaban al portero algún regalo

El portero ya los conocía a todos, y a veces los muchachos lo “sobornaban” con alguna bebida para refrescarle la tarde; entonces los dejaba pasar sin necesidad de falsificar ningún carnet

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El verano representaba trampolines, tardes de sol con amigos y era el preámbulo de los carnavales.

“En los carnavales nos tirábamos agua, barro y nos juntábamos en la plaza del ferrocarril. Los corsos eran los más esperados”, evocó Nino.

Los clubes de Ferro y Usma organizaban bailes y corsos. Los desfiles se hacían en el barrio y llegaban hasta el mar. La elección de reinas y princesas era otro de los atractivos, por lo que los carnavales en Km 5 gozaban de gran popularidad en el pueblo de Comodoro Rivadavia y en los campamentos petroleros.

Nino se jubiló como empleado bancario pero dedicó su vida también a la repostería y a los servicios de catering.

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UNA CASA HUMILDE

Emma Garay se llamaba la mamá de Nino y ella cuidaba a sus cuatro hijos mientras su esposo, Bernardino Villarroel realizaba trabajos de carpintería en el ferrocarril.

“Mi mamá nos llevaba al matadero cuando llegaba el camión con los corderos y capones, y cuando los carneaban nosotros juntábamos las cabezas y las patas; con eso hacíamos comida y extraíamos lana”, relató Nino.

Salían muy de madrugada con la familia Mansanet. Caminaban hasta el km 4; ellos todavía usaban pantalones cortos y, a veces, la nieve les llegaba hasta las rodillas.

Esta fotografía fue tomada en el 2014. Allí se puede apreciar el tipo de construcción que había en el barrio. Nino en su relato destacó la diferencia que había entre las casas de los empleados, que tenían más servicios y las de los obreros que eran mas precarias.

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En el matadero carneaban y arrojaban a las bateas los restos que no se utilizaban. Era entonces cuando ellos rescataban las patas, de las que aprovechaban la lana, y las cabezas, de las que sacaban la carne de los cachetes.

No eran tiempos de abundancia y en la casa de Nino se trabajaba mucho para que no faltara la comida ni la educación. Su madre, además, preparaba viandas para colaborar con la economía del hogar.

Creció y llegó la hora de hacer el secundario. En el colegio Perito Moreno aprendió caligrafía y contabilidad, y fue el tiempo en que algunos sinsabores llegaron a su vida.

Durante la secundaria militó en el Partido Socialista de los Trabajadores hasta que el golpe militar destituyó a Isabel Martínez de Perón. Fueron épocas duras, porque tuvo que afrontar un juicio.

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La calle Ferrocarril Patagónico donde vive Nino antiguamente se llamaba San Martín. En la fotografía posan Raelka Domitrova, Margarita Cali, Raquel Pérez y Juanita Cristoforón

Relatar aquellos hechos empañó la alegría que Nino mantenía al hablar de su juventud en el barrio. Como quien espanta recuerdos, comenzó a empujar el aire con la mano; el trago amargo ya había pasado hace tiempo y no deseaba remover viejas heridas.

Su vida laboral fue extensa: trabajó en una casa que vendía máquinas de coser, luego ingresó como cadete en la Planta de Zinc y, cuando ésta cerró, continuó en el Banco Chubut hasta que le llegó el día de la jubilación.

NINO, EL REPOSTERO

Nino recuerda a su madre siempre en la cocina, y ese fue un don que le heredó. Cuando trabajaba en la Planta de Zinc, él se ocupaba de cocinar en las reuniones y así se hizo un camino en el mundo de la repostería y el catering.

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La voz se corrió rápido: Nino cocinaba muy bien y comenzaron a contratarlo para cumpleaños de 15 y casamientos. Las tortas que hacía con muñecas se hicieron furor y Nino Villarroel fue el protagonista de las grandes fiestas en Comodoro Rivadavia.

Los servicios de catering y repostería de Nino se hicieron muy populares entre las quinceañeras y los novios. Si Nino Villarroel hacía el servicio, el éxito estaba asegurado

En el fondo de la casa, Nino conserva una cocina industrial, una balanza antigua, varias batidoras y heladeras. Aunque decidió dejar de hacer servicios de catering por lo demandante del trabajo, todavía toma pedidos de tortas.

Nino no tiene celular; en el escritorio tiene un teléfono fijo y un cuaderno con números de teléfono y pedidos. Quien no lo encuentra le deja un mensaje y él, cuando puede, devuelve los llamados.

La cocina le abrió un mundo de posibilidades y, de alguna manera, reparó las faltas que tuvo en su niñez. Nino trascendió los límites del barrio, ya fuera por su buena mano en la cocina o por su voluntad para colaborar con quien lo necesitara.

María Rosa Bertossa es una antigua vecina del km 5 y para ella, Nino Villarroel representa la memoria viva del barrio.

“Siempre vi en Nino una cuota de generosidad inmensa; no hay nadie en el barrio que no valore su bondad, y eso lo heredó de su madre. Su casa siempre tenía las puertas abiertas para todos”, enfatizó María Rosa.

El barrio Presidente Ortiz ya tiene 119 años y Nino formó parte de aquella generación que lo vio crecer. La industria petrolera, de la mano de YPF, y el ferrocarril fueron vitales para su desarrollo y tejieron la identidad que aún hoy mantiene intacta.

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