Un estudio de la Universidad Nacional de La Plata señala que el cansancio es una señal natural del cuerpo, mientras que el agotamiento responde a un estado sostenido de desgaste vinculado a la hiperconectividad y la intensificación laboral.
Dormir muchas horas y aun así despertarse sin energía. Revisar el celular antes de levantarse de la cama. Responder mensajes de trabajo fuera de horario. La sensación de estar siempre disponible se volvió parte de la rutina cotidiana, pero no siempre se interpreta correctamente: no es lo mismo estar cansado que estar agotado.
Un estudio de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) profundizó en esta diferencia a partir del análisis de personas con dificultades de concentración en distintos ámbitos de su vida, desde el trabajo hasta el ocio. La conclusión es clara: el cansancio es una señal natural del cuerpo, mientras que el agotamiento es un estado sostenido de desgaste.
Según explicó Julieta De Battista, doctora en Psicopatología y docente de la Facultad de Psicología, el cansancio cumple una función necesaria. «Confronta a cada uno con sus límites, con lo que el cuerpo puede y con lo que ya no puede. Introduce una pausa y abre la posibilidad de descanso», señaló.
El agotamiento, en cambio, responde a otra lógica. No reconoce pausas ni límites claros. Se trata de una exigencia permanente que se prolonga en el tiempo y que muchas personas describen con frases como «no doy más» o «estoy quemado». A diferencia del cansancio, no se resuelve simplemente descansando.
Cuando el trabajo no termina nunca
El fenómeno no puede analizarse únicamente desde lo individual. Para Mariana Busso, investigadora del Conicet, el contexto social juega un rol central. «La intensificación del trabajo implica más horas dedicadas a generar ingresos y múltiples actividades simultáneas», explicó.
En ese marco, cada vez más personas combinan empleos o tareas para sostener su economía. A esto se suma el impacto de la tecnología: el celular se convirtió en una extensión del cuerpo y borró las fronteras entre el tiempo laboral y personal.
«La posibilidad de responder mensajes o correos desde cualquier lugar genera una disolución progresiva de los límites entre trabajo y vida privada», advirtió Busso. Esta hiperconectividad permanente alimenta el agotamiento.
El impacto también tiene una dimensión de género. De Battista señaló que el agotamiento es más frecuente en mujeres, debido a la doble carga que implica sostener un empleo y asumir tareas de cuidado en el hogar. En ese escenario, la exigencia se multiplica y los espacios de descanso real se reducen.
Las consecuencias en la salud
Desde el campo de la salud mental, Silvana Pujol, médica psiquiatra y profesora de la Facultad de Ciencias Médicas, explicó que el cansancio es uno de los motivos de consulta más frecuentes.
«Detrás de ese síntoma suele haber estrés crónico, trastornos del sueño, ansiedad, estados depresivos o incluso consumo de sustancias», detalló.
El problema no es solo la falta de descanso, sino el estado de alerta constante. La necesidad de responder de inmediato, sumada al ritmo acelerado de vida, mantiene al cuerpo en tensión permanente y afecta tanto la salud física como mental.
Por qué dormir no siempre alcanza
Aunque existe consenso en que una persona adulta necesita entre siete y nueve horas de sueño, dormir más no garantiza sentirse mejor. La clave está en la calidad del descanso y, sobre todo, en la posibilidad de desconectarse realmente.
Pujol advirtió que los trastornos del sueño están en aumento y tienen una relación directa con el uso excesivo de pantallas. La exposición constante a dispositivos altera los mecanismos biológicos que regulan el descanso.
En este contexto, reducir el tiempo frente a pantallas, limitar el uso de redes sociales y establecer momentos de desconexión son medidas fundamentales para prevenir el agotamiento.
Cambiar hábitos para recuperar el equilibrio
Los especialistas coinciden en que salir del agotamiento crónico requiere algo más que dormir bien. Implica revisar hábitos cotidianos y establecer límites claros.
Entre las recomendaciones principales se destacan mejorar la alimentación, reducir el consumo de azúcar y bebidas energizantes —que ofrecen soluciones momentáneas— y generar espacios de pausa real.
En una sociedad atravesada por la hiperconexión, el desafío es recuperar el tiempo de descanso genuino. Porque mientras el cansancio invita a frenar, el agotamiento avanza cuando no hay límites. Y en ese punto, el cuerpo siempre termina pasando factura.
