El psicólogo Sebastián Núñez explicó que, aunque algunos jóvenes pueden simular desapariciones en busca de reconocimiento viral, estas situaciones deben ser consideradas como señales de alerta sobre posibles conflictos de salud mental.
El psicólogo Sebastián Núñez analizó la relación entre la desaparición de adolescentes, las redes sociales y los desafíos virales que circulan en internet. En diálogo con ADNSUR, explicó que algunos jóvenes pueden simular una desaparición con el objetivo de obtener reconocimiento, pero advirtió que este tipo de situaciones no deben ser minimizadas porque pueden revelar conflictos vinculados a la salud mental.
“Muchos adolescentes lo que hacen es simular su desaparición, ¿para qué? ¿Con qué fin? Para lograr más likes, para tener esos cinco minutos de fama, para luego ver sus fotos reflejadas en las redes sociales”, señaló. Sin embargo, aclaró que el análisis no debe quedarse únicamente en esa interpretación, sino que es necesario preguntarse qué ocurre detrás de esa conducta.
“Siempre que una persona desaparezca, elija desaparecer o simule una desaparición, uno no puede menospreciar el hecho porque generalmente suele ser un indicador de los más contundentes de que algo le está pasando a esa persona”, explicó.
El especialista comparó esta situación con las amenazas o expresiones vinculadas al suicidio, y sostuvo que en ambos casos no debe descartarse una señal de alerta aunque exista la posibilidad de que la persona busque llamar la atención. “Sea que la persona está tomando una decisión o está queriendo llamar la atención, es igual de grave en términos de salud mental. Hay que prestar atención”, afirmó Núñez.
En ese sentido, sostuvo que las redes sociales tienen una lógica propia donde determinados contenidos logran mayor difusión por el impacto emocional que generan. “Lo que se suele viralizar es el morbo, es el dato escalofriante, es la muerte, es el asesinato, es el robo, es el video erótico que se viraliza”, explicó.
Para el psicólogo, las plataformas digitales no son neutrales en esa dinámica, ya que tienden a amplificar determinados contenidos y generar una retroalimentación constante. “Las redes sociales no son inocentes, no es casualidad. Se retroalimentan, retroalimentan el odio, y estar embebido todo el tiempo en ese odio tiene efectos subjetivos muy notorios”, sostuvo.
Núñez señaló que esta situación tiene un impacto particular en niños y adolescentes, debido a que atraviesan una etapa de construcción de identidad. “Un adolescente que se está formando, que tiene que hacer el traspaso de la niñez a la adultez, lo hace en el espejo del like ajeno, de esto que me da y no me da”, indicó.
Además, mencionó la existencia de desafíos virales relacionados con desapariciones temporales. “Hay muchos retos virales que tienen que ver con esto, como desaparecer por 48 horas y no dejar ningún rastro”, afirmó, y sostuvo que este tipo de prácticas suelen tener un fuerte impacto porque combinan la exposición pública, la búsqueda de reconocimiento y la relación con situaciones extremas.
El profesional también remarcó que la palabra desaparición tiene un peso particular en Argentina por su vínculo histórico con la muerte y la incertidumbre. “Cuando una persona desaparece es pensar qué le puede haber pasado, si puede estar muerta. Es una palabra que dispara nuestro morbo y nuestras peores ideas”, explicó.
Al referirse a los casos de adolescentes que se ausentan de sus hogares y luego aparecen, Núñez indicó que suelen existir distintos factores detrás de esas situaciones. “Siempre esto pasa y, sobre todo en los adolescentes, es un indicador de que algo está pasando. En general lo que suele pasar es alguna conflictiva familiar, también puede ser una conflictiva individual, pasa mucho con las cuestiones de la escolaridad”, detalló.
En ese contexto, planteó una paradoja: mientras las desapariciones se vuelven rápidamente visibles en redes sociales, existen cada vez menos espacios de contención para los adolescentes. “Por un lado, las cosas se viralizan, están al acceso de cualquier persona, pero paradójicamente mientras esto llama a la comunidad por la pantalla, cada vez hay menos lugares en la comunidad que pueden contener”, afirmó.
Núñez mencionó el rol histórico de instituciones como la escuela y los clubes como espacios de acompañamiento para los jóvenes. Según explicó, los cambios sociales, económicos y familiares modificaron esos vínculos y redujeron algunos ámbitos de referencia para los adolescentes. “Antes las familias se reunían y la problemática era que llegaban a la casa y cenaban con el televisor. Era algo comunitario, todos veían la novela, discutían la novela, veían el partido. Hoy cada uno vuelve y está en su pantalla metido ahí”, analizó.
Finalmente, el psicólogo se refirió al impacto de las pantallas en los vínculos actuales y al concepto de FOMO, asociado al miedo a quedar fuera de lo que sucede en internet. “El lazo social, el lazo que a mí me constituye como ser humano, que es en mi relación con el otro, hoy está medido por una pantalla”, explicó.
“Uno puede tener una relación amorosa con alguien, pero seguramente hoy esa relación está mucho más mediada por las redes sociales, por si me contestó el mensaje, si me clavó el visto, si vio el tilde. En realidad, la relación también está teniendo un vínculo con esa red social que media la relación con la persona”, concluyó.
