Un análisis sobre la relación entre el poder político y los intelectuales liberales durante el gobierno de Javier Milei, a partir de la histórica disputa entre Voltaire y Federico el Grande en la corte de Potsdam.
El gobierno de Javier Milei ha generado un fenómeno caracterizado por la transformación de economistas, divulgadores y filósofos liberales en una suerte de nobleza cortesana digital. Hombres que durante años construyeron su prestigio denunciando el poder estatal hoy parecen competir por una silla en el pequeño Versalles libertario de las redes sociales.
La paradoja remite a una escena histórica ocurrida en la corte de Federico el Grande, donde llegó Voltaire, el filósofo de la Ilustración. Federico lo invitó a vivir en Potsdam, prometiéndole un reino gobernado por la razón. La luna de miel duró poco, ya que Voltaire descubrió que cuando la filosofía entra al palacio, deja de ser filosofía y se convierte en decoración cortesana.
En el presente, el Estado ya no necesita censurar brutalmente al intelectual; le basta con incorporarlo al dispositivo afectivo del poder. No hace falta encarcelar al filósofo si este puede convertirse voluntariamente en influencer gubernamental.
La lección de Potsdam se repite: el poder necesita disciplina, mientras que la filosofía necesita incomodidad. El poder exige adhesión, en tanto que el pensamiento serio exige distancia crítica. Voltaire lo descubrió cuando se burló de Pierre Louis Maupertuis y Federico reaccionó defendiendo el prestigio del aparato, no la verdad.
Federico ordenó retirar y destruir la obra de Voltaire. El filósofo creyó que estaba en una república de la razón; el rey le recordó que seguía viviendo en una monarquía.
El problema del poder no desaparece cuando gobiernan “los nuestros”. Al contrario, es ahí cuando el problema comienza verdaderamente. La razón puede dialogar con el poder, pero jamás dormir tranquila en su cama.
