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Con las escuelas cerradas, los comedores tienen lista de espera y priorizan a niños y jubilados: Es muy duro, pero no nos alcanza para todos

Jeny abraza a su hija con ambos brazos mientras que, con una mano, sostiene un táper. Cuenta que está ahí porque no le cierran las cuentas. “Nunca hubiera imaginado que a pesar de que mi marido y yo trabajamos y tenemos una sola hija, iba a necesitar del comedor. Y acá estoy, por primera vez en mi vida”, dice con tono resignado.

La disparada de los precios, combinada con el cierre del ciclo lectivo de su hija, arrasó con todas sus previsiones: como no consiguió colonia para su hija, tuvo que poner en pausa su trabajo de costurera en un taller del barrio de Flores para poder cuidarla. “Si le tengo que pagar a alguien para salir a trabajar, se me va todo lo que gano. Pero un ingreso menos se siente”, dice mientras le llenan el recipiente con guiso de arroz para tres personas.

Estamos en Ciudad Oculta. Más precisamente, en uno de los nueve comedores de emergencia que la Pastoral de Villas abrió en la ciudad de Buenos Aires hace una semana y que mantendrá funcionando durante todo el verano. Los demás están en las villas 20, 21-24, 1-11-14, Zabaleta, Rodrigo Bueno y en Villa Soldati, donde funcionan tres. Algunos ofrecen almuerzo y otros, cena.

El padre Gastón Colombres conversa con quienes vienen a buscar asistencia al comedor de emergencia que funcionará en Ciudad Oculta durante todo el verano. “Si tenés tres o cuatro hijos, ¿cuánto tenés que ganar para poder alimentarlos?”, se pregunta Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

“Nos dimos cuenta de que este verano iba a ser muy difícil para muchas familias. Los chicos que comen en las escuelas se quedan sin comedor en el verano y las colonias no tienen cupo para todos. Además, muchos comedores comunitarios cierran sobre todo en enero. Y con el aumento de precios de los alimentos, nadie iba a poder cubrir esos gastos”, explica el párroco de Ciudad Oculta, Gastón Colombres, quien cierra con una pregunta compartida por muchas familias en estos días: “Si tenés tres o cuatro hijos, ¿cuánto tenés que ganar para poder alimentarlos?”.

El de los alimentos fue, justamente, uno de los rubros que más aumentó en diciembre: 29,7%, acumulando una suba del 251,3% en todo 2023, bastante por encima de la inflación general, que fue de 211,4%. Los tres productos que más aumentaron en los últimos 12 meses son centrales en la dieta de los barrios: arroz blanco (748,7%), azúcar (419,5%) y fideos guiseros (416,73%).

Con un índice de pobreza que, a fines de diciembre arañaba el 45%, este salto inflacionario dificulta más las posibilidades de susbsistencia de millones de familias argentinas que ya dependían de algún tipo de asistencia alimentaria para no pasar hambre. El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA reveló en mayo pasado que el 59,3% de los niños, niñas y adolescentes argentinos recibía algún tipo de asistencia alimentaria en un comedor escolar o en un centro comunitario.

“Priorizamos niños y adultos mayores”

Pero mientras que los comedores escolares cierran durante el verano, los comedores comunitarios están en crisis. “No nos llega comida”, dice con desesperación Norma Morales, referente nacional de la organización Barrios de Pie, que hace un año repartía unas 10 millones de raciones diarias de comida en 5600 barrios populares del país, según sus estimaciones. “Seguramente ahora sean más”, arriesga.

Morales sostiene que desde que Javier Milei comenzó su mandato, se cortó la asistencia alimentaria que recibían del Gobierno nacional. “Ya veníamos con problemas para recibir asistencia durante la gestión de Victoria Tolosa Paz (última ministra de Desarrollo Social de la anterior gestión). En algunos casos, los comedores habían pasado de dar cinco veces por semana a tres. Y como están las cosas, lo más probable es que se pase a una vez por semana. Estamos priorizando la alimentación de las infancias y de los adultos mayores”, reconoce.

LA NACION consultó en reiteradas ocasiones al Ministerio de Capital Humano de la Nación respecto a si están dando algún tipo de asistencia alimentaria regular o de emergencia pero no obtuvo respuesta.

Desde que el comedor comenzó a funcionar, hace algo más de una semana, todos los días se suma más gente buscando asegurar la cena Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

En la fila del comedor de Ciudad Oculta también está Cristina, acompañada de dos de sus tres hijos, de 2, 7 y 9 años. Para los dos más grandes, tampoco consiguió colonia. “Es una bendición saber que, al menos por el verano, tengo la cena resuelta. Con los chicos en casa y sin comedor escolar, la economía es otra”, dice la mujer, que se alegra doblemente cuando ve que el guiso viene acompañado de una manzana por comensal.

Dejé de comprar frutas porque no puedo. Mi marido es empleado de la construcción y tiene un trabajo fijo, pero con un sueldo solo es imposible. Ese es el único ingreso que tenemos. A veces, cuando no llegamos a fin de mes, me presta mi mamá, que es empleada doméstica”, dice la mujer, de 38 años, que ya se angustia porque no sabe cómo va a hacer este año para comprar los útiles y los guardapolvos para el inicio de clases.

Durante todo enero, en la ciudad de Buenos Aires funciona una colonia de verano gratuita y abierta a toda la comunidad que ofrece desayuno, almuerzo y merienda. Pero su capacidad es ínfima comparada con el total de alumnos que asisten a la escuela primaria en ese distrito, donde en un gran porcentaje reciben algún tipo de comida: en 2022 superó los 280.000 niños y niñas mientras que el cupo de la colonia fue de 21.230.

“Es bajísimo el porcentaje de chicos que van a las colonias de vacaciones: alrededor de un 10% del total. Y, por supuesto, es mucho mayor el porcentaje de niños de clases medias y altas que van. En el Conurbano, por ejemplo, los chicos tienen derecho a asistir algunos días de la temporada de colonia. Es un sistema rotativo”, analiza Ianina Tuñón, investigadora del Observatorio de la Deuda Social de la UCA.

La especialista sostiene que ciertos programas de asistencia alimentaria que se iniciaron durante la pandemia se sostienen hasta el día de hoy. “Uno muy importante es el de la entrega directa de bolsones de alimentos. A nivel nacional el 37% de los niños está recibiendo un bolsón de alimentos en la escuela. En el Conurbano es un poquito más, alrededor de un 45%”, puntualiza, refiriéndose al programa Mesa Bonaerense, la iniciativa que llevan en conjunto la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia junto al Ministerio de Desarrollo de la Comunidad y que, según fuentes del organismo que lidera Alberto Sileoni, asiste a dos millones de chicos y chicas.

El escaso cupo de las colonias de verano no logra absorber a todos los chicos y chicas que, durante el año lectivo, comen en las escuelas. El 37% de los niños, niñas y adolescentes reciben módulos alimentarios en sus escuelas Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

Hasta el momento, la Ciudad de Buenos Aires no entrega ningún tipo de asistencia alimentaria adicional a la de los comedores escolares y las colaciones, que se discontinúan durante el verano. La legisladora porteña por el Frente de Izquierda Alejandrina Barry presentó el 17 de diciembre un proyecto de ley para que la Ciudad entregue módulos alimentarios durante el cese de clases.

“El proyecto de extensión de la alimentación escolar durante el verano es una prioridad máxima y de urgencia porque no podemos permitir que nuestros pibes pasen hambre en las vacaciones. Mediante un petitorio estamos juntando firmas de familias y docentes para exigir que sea tratado inmediatamente”, explicó la legisladora a LA NACION.

El comedor de Ciudad Oculta funciona pegado a la parroquia Nuestra Señora del Carmen, en el espacio que ocupa un jardín de infantes durante el ciclo lectivo y justo enfrente de un hogar para varones con consumos problemáticos que forma parte de la red de Hogares de Cristo. Algunos de los internados son los que cocinan cada noche y sirven la comida, siempre custodiados por María Elena Acosta, directora del espacio, y por el padre Gastón, conocido por todos como “Tonga”.

David Capponi y Brian Iñiguez son parte del equipo que cocina a diario. Están internados en el Hogar de Cristo que funciona frente al comedor Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

Desde que se implementó esta iniciativa, por las mañanas, un grupo pela y corta las verduras que llevará el menú del día. Otro grupo comienza a cocinar entre las 16 y las 17 horas. En todos los comedores de emergencia cocinan un promedio de 300 raciones diarias. “Nos estamos quedando cortos, porque la noticia del comedor está circulando y cada día viene más gente”, reconoce el padre Gastón, quien decidió hacerlo funcionar de noche porque hay menos asistencia que durante el día.

“Todo lleva a que los pobres estén cada vez peor. El supermercado queda cada vez más lejos de ellos”, se lamenta el sacerdote, quien recuerda que, con el actual índice de inflación, los primeros gastos que recorta la clase media son las changas que mantienen a muchas de las familias de los barrios populares. “Todos hablan de que en unos meses el panorama va a mejorar, pero el mientras tanto es muy cruel para mucha gente”, agrega.

El reparto de las raciones se inicia a las 19,30 y se extiende hasta que se acaba la comida Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

El padre Gastón recuerda que, a mediados de diciembre, la Pastoral de Villas inició conversaciones tanto con el Gobierno nacional como con el porteño con la intención de ofrecer algún tipo de asistencia alimentaria en los barrios ante el contexto adverso que ya se veía venir. “Desde el Gobierno nacional nos prometieron ayuda pero por ahora, no pasó nada. El Gobierno porteño enseguida se puso a disposición”, asegura. Por el momento, los comedores funcionan con aportes del Gobierno de la Ciudad, de Cáritas y de donantes privados.

Desde el Gobierno de la Ciudad reconocen que, este mes, la asistencia a los comedores comunitarios es un 8% mayor que en enero de 2023. Fuentes del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat informaron que asisten a más de 132.000 personas distribuidas en 515 comedores. Asimismo, explicaron que, durante el verano, revisan la logística de entrega de alimentos y transfieren temporariamente las raciones de los espacios que cierran por vacaciones a los más cercanos que continúen abiertos para que las familias se dirijan ahí. “En otros casos, el mismo comedor organiza un esquema logístico y entrega los alimentos para que las familias cocinen directamente en sus hogares”, explicaron desde el organismo.

“Es el último día de enero que damos comida”

La estrategia de entregar mercadería para que las familias cocinen se replica en muchos espacios. “Es más digno para la familia que la mamá, el papá o el adulto a cargo sean los que cocinen. Además, a veces es una manera de hacer rendir todavía más la comida”, explica Cristina Soto, a cargo del merendero El Fuerte, que funciona en el quinto piso del nudo 2 del complejo de viviendas conocido como Fuerte Apache, en el partido bonaerense de Tres de Febrero.

Cristina, junto a Johana y Natalia, preparan las rosquitas, el pan casero y la mercadería que van a repartir a las familias que esperan junto a la puerta de su departamento, que es también la sede del merendero «El Fuerte» Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

“Comenzamos a funcionar antes de la pandemia. Dábamos dos veces la merienda y dos veces la cena. Pero ahora nos redujimos a dos meriendas y una cena”, explica Cristina, mientras organiza sobre la mesa de su departamento todo lo que va a repartir a las familias, que empiezan a hacer fila en el pasillo desde una hora antes del reparto.

Hay bolsitas con yerba, paquetes de fideos, leche en polvo, envases de puré de tomate y bolsas con verduras. La cena siempre se acompaña con un pedacito de carne, que puede ser vacuna o de pollo. “Esta es una jornada especial porque cerramos por vacaciones por el resto del mes. Es duro, porque sentís que la gente queda colgada, pero se hace necesario descansar”, reconoce.

La mujer cuenta que antes repartían bizcochuelo para la merienda, pero ahora hacen rosquitas y pan casero. “El azúcar se fue por las nubes -dice, casi justificándose-. En los casos en los que viene una persona a retirar para su familia y también para otros familiares que no viven con ella, le damos un puré de tomates para todos. Es muy duro, pero si no, no alcanza para todos”, agrega.

Cristina le cuenta a las personas que se acercaron en qué consiste el menú que van a recibir en el día. También les recuerda que el merendero permanecerá cerrado por el resto del mes Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

En la fila está Eduardo, un hombre de 61 años que trabajaba en una fábrica de bolsas de polietileno y fue despedido hace tres meses. Cuenta tímidamente que vive con su mujer y sus dos hijos, que cursan la secundaria. Como van a una escuela estatal del Conurbano, cada chico recibe una caja con alimentos por mes durante todo el año. “Son poquitas cosas, pero todo ayuda. Como mi hermana está en mejor situación, me pasa las que reciben sus cuatro hijos. Con eso y la recorrida en los comedores, vamos tirando. La prioridad es que coman los chicos”, cuenta, dando a entender que, algunas veces, él y su mujer cenan con mate.

Cerca suyo está Gabriela, una mujer de 32 años que está desempleada. Su pareja es operador socioterapéutico en un Hogar de Cristo pero la plata no alcanza. “Tengo secundario completo y mucha experiencia en el cuidado de personas, pero no consigo trabajo”, explica desde el living comedor de su casa. Se había armado una rutina de retiro de alimentos en diferentes espacios comunitarios pero algunos cerraron y en otros la asistencia bajó.

La sal la recibe fraccionada, el arroz no suele formar parte del menú y para recibir aceite, tiene que llevar una botellita vacía de medio litro y ahí le cargan. “Todos te dicen lo mismo, que están desbordados y necesitan hacer que la mercadería rinda para más personas”, concluye.

Gabriela (der.) está desempleada y lo que cobra su pareja no les alcanza, así que recorre comedores y espacios comunitarios que dan mercadería. La sal la recibe fraccionada, el arroz no suele formar parte del menú y para recibir aceite, tiene que llevar una botellita vacía de medio litro y ahí le cargan. “Todos te dicen lo mismo, que están desbordados y necesitan hacer que la mercadería rinda para más personas” Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

Sobre la escalera que va hacia el 6° piso está Sandra, una mujer de 57 años que vive en el 10° piso. “Soy depiladora profesional y tengo experiencia en el cuidado de personas, pero nadie me da trabajo”, se lamenta. Cuenta que fue durante el último año que las cosas empezaron a ir mal y pasó a depender de los comedores. “Al principio iba llorando. Esto es muy triste. Una termina agradeciendo no tener hijos chicos a cargo porque es duro vivir así. He llegado a salir a juntar latitas para vender el aluminio y hacer unos pesos”, se sincera.

El cierre de algunos espacios pone al borde del colapso a los que siguen. En donde se repartían 200 raciones diarias, se achican las porciones para que alcance para 250. En otros comedores, se opta por la lista de espera.

Silvia (der.) bajó desde el 10° para recibir la merienda y la cena del merendero El Fuerte. Es depiladora profesional pero está desempleada. «Al principio iba llorando a los comedores. Esto es muy triste. Una termina agradeciendo no tener hijos chicos a cargo porque es duro vivir así. He llegado a salir a juntar latitas para vender el aluminio y hacer unos pesos» Santiago Filipuzzi – Santiago Filipuzzi

“Pero ¿cómo hacés para decirle a alguien con hambre que queda en lista de espera? No todo el mundo te lo entiende. El riesgo latente es que alguien reaccione con violencia”, reconoce la responsable de un comedor de CABA, que prefiere permanecer en el anonimato.

Cae la noche y en el comedor de Ciudad Oculta quedan unas pocas raciones por repartir. “El comedor se cierra cuando se reparte la última”, explican. Una mamá se acerca y pregunta si todavía está a tiempo de buscar un tupper y volver porque no tiene qué darle de cenar a sus hijos. Todos le responden que lo busque tranquila. Que ahí la esperan.

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