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Los «animeros» de la Puebla de Don Fadrique

Tomillo, esparto y retama crecen en esas tierras donde la provincia de Granada linda con las de Albacete, Jaén, Murcia y Almería. Al noreste de Huéscar, a 178 kilómetros de la capital granadina, se encuentra la Puebla Don Fadrique, denominación con la que a partir de 1525 pasó a llamarse el antiguo caserío de La Bolteruela, tras la publicación de una carta puebla por parte de don Fadrique Álvarez de Toledo. En el siglo XVIII su población llegó a superar a la de Huéscar.

Entre sus fiestas la consagrada a los difuntos se celebra en noviembre. En la Modernidad aparecen Cofradías de Ánimas que vinculan sus celebraciones a la dedicada a los Inocentes. El misterio del alma en pena y el alma misteriosa del inocente tal vez expliquen la asociación que se produce entre ambas fiestas en varios puntos de Andalucía, como en las cercanas Orce y Huéscar. En ellas no faltan baile, música o comida. Pero es en La Puebla de Don Fadrique donde mejor se mantiene esta tradición, la cual se inserta en el contexto festivo iniciado el 25 de diciembre, cuando el tambor y el muñidor salen vestidos con ropa colorista en busca del Calcaborras. El día 27 se celebra, junto a la ermita de San Antón, la danza de ánimas o de puja. Elemento básico de esta festividad es la colecta destinada a obras sociales y voto por los difuntos. Hay quien mantiene que el origen del calcaborras o de los animeros hunde sus raíces en una especie de milicia creada para dar amparo en la zona. Para otros fue un arzobispo de Toledo quien dio licencia para la creación de la cofradía. En sus celebraciones vemos cómo el ingenio del pueblo mezcla y recrea sus hábitos, que se confunden en la fiesta de Ánimas, potenciada por frailes alcantarinos que fueron autorizados para recoger sus dádivas. No poseemos, pues, noticias indiscutidas sobre el origen. Tal vez el dato más antiguo sea el que apunta Demetrio Brisset y aparece en el Catastro de Ensenada. Sabemos que en 1752 existe en La Puebla una hermandad de Ánimas Benditas, dotada de gran capital inmobiliario y relacionada con la parroquia de los Mártires. Sus cofrades se reunían allí por la Purísima en Junta General. Para el XIX hay ya datos precisos de gastos y destino del dinero. En la actualidad la fiesta la dirigen los cofrades de Ánimas, quienes, a falta de estatutos, se rigen por la costumbre.

En la celebración intervienen un alcalde, un teniente de alcalde y dos ministros, quienes hacen la función de servidores, y cuya tarea esencial es la escolta de la Virgen. Quizás el acontecimiento más esperado sea, el día 25, el momento en el que el tambor y muñidor, como miembros más antiguos, se encaminan a la búsqueda de los calcaborras o guardianes del orden público, quienes usan el gorro tradicional. Algunos lucen la casaca roja como signo de prestigio, mientras los demás van de verde. Todos portan látigo, mientras a la busca de los Inocentes salen ministros con levita y güito de flores, el alcalde y su primer teniente, ambos tocados con bicornio negro. Ese día las autoridades de Inocentes ocupan un lugar destacado en la Eucaristía, mientras los personajes burlescos o calcaborras hacen la escolta de honor del oficiante. Al término, el cortejo se dirige a la plaza, donde se pregona a los Inocentes y se manifiestan cuantos hechos locales pudieran servir de mofa y crítica. Por la tarde y al día siguiente se hace la colecta. Los calcaborras fustigan con el látigo a cuantos niegan su ayuda a las ánimas, por lo que conviene llevar monedas en los bolsillos. En la fiesta se une lo pagano de los calcaborras con lo religioso de las ánimas benditas.

El día 27, en la ermita, se hace el baile de puja, y se subasta el derecho a danzar. La colecta se destina a arreglos en la casa de Ánimas. Después la comitiva recorre las calles y efectúa la «entrada», en la que se enfrentan los calcaborras, fustigándose e intentando mancharse unos a otros. En los de la sierra se aprecia un ritual de separación y de regreso a la comunidad, dándose un simbólico pulso entre aquellos que obtuvieron más ingresos en la colecta, dirimida en favor de los del pueblo. El día 28 se representa el baile subastado, que finaliza cuando se obliga a los calcaborras a tomar berza y el vino de un orinal, ritual del que se defienden usando sus correas. Esa noche los asistentes desfilan para recibir sus azotes. Tras la fiesta, en Año Nuevo, los cofrades se reúnen para hacer el balance, destinándose el sobrante a obras sociales y misas dominicales o de funerales locales. Cada dos años se renuevan cargos, con el propósito de que todos cumplan con el fin de la cofradía, que absorbió a los músicos, de raíz profana y popular, con el propósito de atraer a más gente a la Iglesia para aumentar de este modo la recaudación. La fiesta, similar a las de Murcia y Almería, muestra la actualidad del ancestral culto a los muertos.

* Catedrático

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