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Fiesta en Olivos: una avalancha de errores políticos que Alberto Fernández ahora también llevó a la justicia

Al final, la foto y el video de la fiesta de cumpleaños de Fabiola Yañez en la quinta de Olivos eran lo de menos. Aunque llevaron a otro nivel el escándalo por la violación flagrante de la soviética cuarentena que el presidente había impuesto cuatro meses antes y aún mantenía con el máximo rigor, aquellas imágenes no fueron más que unas cuantas rocas en un alud que desde el gobierno no dejan de alimentar diariamente.

El show de contradicciones con que Alberto Fernández, su jefe de Gabinete y varios de sus ministros abrumaron a los argentinos desde que hace dos semanas el canal LN+ difundió dos fotos de la fiesta celebrada en Olivos el 14 de julio del año pasado reveló -además del pobre nivel argumental de los funcionarios- la dimensión del golpe de knout out que había recibido la mandíbula de cristal del presidente. Cada declaración lo fue hundiendo más y más en una ciénaga de la que sólo intentaba salir agitando los brazos y pataleando. Mal camino.

Aunque la metralla de bloopers es larga, vamos a detenernos en los últimos, los que llevaron esa comedia de enredos al nuevo escenario en el que está siendo escrutado el cumple de Fabiola: la justicia.

Esta semana, luego de haberlo negado a varios de sus colaboradores y periodistas, el presidente confirmó que el abogado que lo representaría ante los tribunales para explicar lo que venía calificando como un “error” iba a ser Gregorio Dalbón, legendariamente conocido en el ambiente por sus modos destemplados y sus métodos al filo del reglamento.

Pues bien, tres días después, en la tarde de este jueves, el doctor sumó su grano de arena al castillo de disparates que más bien necesitaba ser revertido. Dalbón calificó al fiscal del caso, Ramiro González, como un “coimero”, y aclaró que el juez del expediente, Sebastián Casanello, le importaba “un huevo”. Poesía pura.

Sus declaraciones se multiplicaban en los medios el mismo día en el que -luego de una parsimoniosa recolección de datos que estaban al alcance de cualquiera- González iba a imputar al presidente y sus convidados por haber violado la cuarentena, tal como informaron todos los medios y en el gobierno sabían antes que en ningún lado.

Una vez más, Alberto terminaba enredado en su propia tela: el retraso y las especulaciones sobre la elección de un abogado y el momento para presentarse con un escrito en la justicia acabaron por crear un nuevo problema. O dos: había que echar a Dalbón de inmediato -aunque en la enésima mentira ahora se trate de negar que había sido el elegido- y apurar el paso con una manifestación jurídica firmada personalmente por el presidente.

Pero vaya, ese texto parece haber sido redactado sin tener en cuenta lo que estaba ocurriendo. En 36 páginas de realismo mágico, el presidente le advierte al fiscal que haber reunido a once personas en un lugar cerrado, sin barbijos y cantando el feliz cumpleaños -recordemos que cantar era una de las acciones que la ministra de Salud desalentó expresamente como modo de combatir al Covid 19- no es un delito, que después de todo “los hechos tuvieron lugar dentro de la órbita de la intimidad familiar”, y que pese a que “pudo verse cuestionado” el “compromiso ético” presidencial, “nunca fue motivo del encuentro propagar de ningún modo la pandemia que nos acosa”, ni “poner en peligro la salud pública”.

Fernández ya lo venía insinuando en los últimos días, pero no deja de ser fuerte leer en una presentación judicial su frontal contradicción con lo que él mismo decía extramuros de Olivos, y que ahora se había encogido a “una mera desobediencia a las órdenes de las autoridades competentes”. Con razonamientos como ese, si la intención del fiscal González es ayudar al presidente a salir de este atolladero rápido y con los menores magullones posibles, no la tendrá fácil.

Y este es el último equivoco de un día que bien podría haber guionado el inolvidable Mel Brooks: con una falta de tempo absoluta, Fernández le avisaba al fiscal que su travesura no fue un delito y que por eso debe ser sobreseído casi al mismo tiempo que González firmaba lo contrario en una imputación. Alberto será un excelente profesor de derecho, pero se nota que para litigar le falta gimnasia.

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