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Ibrahim Al Hussein, el atleta sirio que perdió parte de una pierna salvando a un amigo de un francotirador

Ibrahim Al Hussein nació en 1988 en Deir al Zor, una ciudad del noreste de Siria a orillas del río Éufrates, en el seno de una familia muy ligada al deporte. Creció practicando diferentes disciplinas y con un gran anhelo: seguir los pasos de su papá, ex nadador y dos veces medallista de plata en los campeonatos asiáticos, y disputar unos Juegos Olímpicos. Pero en medio de la guerra civil de su país, su vida cambió para siempre y su sueño de competir en la máxima cita del deporte mundial se truncó.

Fue en 2012, cuando mientras intentaba ayudar a un amigo que había sido herido por un francotirador, un tanque explotó cerca suyo y él perdió parte de su pierna derecha. Devastado, se resignó a su suerte, pero tras varios meses deprimido, decidió reescribir su historia y comenzó un viaje duro pero lleno de esperanza, que lo llevó a convertirse en uno de los primeros atletas refugiados en competir en unos Juegos Paralímpicos, en Río 2016.

En la previa de su participación en Tokio 2020 como parte del Equipo de Refugiados, compartió su travesía en una charla con medios de todo el mundo, en la que participó Clarín.

Al Hussein tuvo una infancia normal y feliz, entre deportes, estudios, pesca con amigos y momentos compartidos con sus padres y sus doce hermanos. En 2011, cuando tenía 22 años, estalló la guerra civil en Siria y nada volvió a ser igual.

“Fue muy duro, es difícil explicarlo con palabras. No era vida. No podíamos movernos por la ciudad, no podíamos salir de la ciudad, no teníamos electricidad ni agua, no nos llegaba comida… Todos los días había algún bombardeo cerca nuestro, era aterrador”, relató el nadador. “Tampoco podía entrenarme, porque no teníamos permitido salir de nuestras casas. Fue el comienzo de los años más duros en Siria“, agregó.

En ese clima de crisis social y política, su amigo fue herido en la calle y él corrió a ayudarlo, sin dudarlo, pero también sin imaginarse que esa rápida decisión marcaría un antes y un después en su vida.

“Cayó en la calle y gritaba pidiendo ayuda. Sabía que si iba a ayudarlo, me podían herir a mí también. Pero también sabía que tenía que hacerlo, porque nunca me iba a perdonar si no hacía nada y él moría“, contó.

Junto a otros tres amigos, fue a asistir al primero, pero cuando estaban haciéndolo, una bomba explotó cerca del grupo.

“Todos sufrimos heridas y cada uno de nosotros perdió algo. Yo perdí mi pierna derecha y también necesité que me colocaran placas de metal en mi pierna izquierda, mi nariz y la cuenca del ojo izquierdo”, explicó.

Aunque en medio de la guerra civil, a Ibrahim le costó encontrar los cuidados que necesitaba. Es más, el médico que lo atendió en un primer momento y le curó la herida tras la explosión era en realidad un dentista.

“Los hospitales públicos estaban abarrotados. Había una pequeña clínica con un pequeño cuarto en un sótano, pero tenía poco equipamiento médico. Ni siguiera podían hacer una radiografía ni una cirugía. Solo analgésicos y algunas vendas. Y el personal nunca se había recibido en una escuela de medicina. Ni se habían entrenado como doctores o enfermeros”, recordó.


“Estuve meses deprimido, pero después me di cuenta de que no quería dejar de hacer lo que hacía antes del accidente”, afirmó Al Hussein. Foto Angelos Tzortzinis/AFP

Al Hussein pasó los siguientes tres meses en una silla de ruedas, deprimido y abatido. Le dolía pensar que ya no podría nadar, jugar al básquetbol o practicar judo como acostumbraba hacer. Que ya no sería el mismo atleta de antes. “Pero me di cuenta de que no podía seguir así y me dije a mí mismo que no quería dejar de hacer lo que hacía antes del accidente”, afirmó.

El primer paso en su recuperación fue dejar Siria y buscar un lugar más seguro, donde pudiera recibir el tratamiento adecuado. En 2013 cruzó el río Éufrates en una balsa junto a un amigo y siguió viaje hacia Turquía. En ese país, pasó de una ciudad a otra hasta llegar a Estambul. Allí le trataron la infección en la herida y le dieron una pierna prostética, que igual no le servía mucho porque se desarmaba cuando caminaba muchos metros.

“Andaba con una caja de herramientas en mi mochila y cuando se rompía, me sentaba en la calle y la arreglaba para poder seguir”, contó. 

La atención médica en la capital turca no era la mejor y le costaba conseguir refugio y comida, pero la desinteresada ayuda de algunos habitantes de la ciudad -que solían alimentarlo todos los días- lo ayudó a seguir adelante mientras planeaba su siguiente paso.

“Cuando planeábamos ese viaje, nos reuníamos con gente en callejones oscuros, escondidos; sabíamos que estábamos poniendo en riesgo nuestra vida. No sabíamos qué podía pasar. Fue muy duro, pero tenía toda mi energía puesta en encontrar un mejor tratamiento para volver a caminar y eso fue una gran motivación”, explicó el sirio.

Una nueva vida en Atenas


Al Hussein fue parte del relevo de la antorcha de Río 2016, en representación de todos los refugiados del mundo. Foto AP

El 24 de febrero de 2014, Al Hussein cruzó el mar Egeo en un bote de goma junto a otros refugiados y desembarcó en la isla griega de Samos.

“Mucha gente tuvo que rehacer su viaje una y otra vez porque los mandaban de vuelta o su bote se hundía. Por suerte, nosotros logramos completar el viaje. Siempre digo que esta fue la fecha en la que nací otra vez”, relató.

Y agregó: “Durante el viaje no estaba asustado, pero podía ver el miedo en el rostro de las otras personas. Yo sentía que si se hundía el barco en el medio del mar, iba a morir más rápido que si me hubiera quedado en Siria o yendo de un lugar a otro en Turquía. Sentía miedo, pero también motivación porque sabía que estaba luchando por mí”.

Tras desembarcar en Samos, Ibrahim pasó 16 días en un campo de refugiados. No tenía el dinero para pagarse el viaje hasta Atenas, pero algunas de las personas que viajaban con él realizaron una colecta y lo ayudaron a comprar un pasaje para llegar a la capital griega. Allí tuvo que empezar otra vez de cero. No hablaba el idioma y no conocía a nadie para pedir ayuda. Durante algún tiempo, durmió a la intemperie y comió lo que encontraba. Entonces, la suerte le sonrió una vez más.


Al Hussein fue parte del relevo de la antorcha de Río 2016, en representación de todos los refugiados del mundo. Foto Twitter @Rio2016

De casualidad, conoció a otro expatriado sirio, quien tras escuchar su historia lo ayudó a contactar a un médico especialista en prótesis para amputados, el doctor Angelos Chronopoulos.

“Es como un hermano para mí. La pierna salía unos 12 mil euros. Él la pagó de su bolsillo y me dio tratamiento gratis”, aseguró el nadador, quien una vez que volvió a caminar pudo enfocarse en rehacer su vida en Atenas.

Consiguió un trabajo, pudo alquilar un pequeño departamento y comenzó a aprender griego. Y luego, lógicamente, quiso volver a nadar. No le fue fácil encontrar un club que le permitiera practicar su deporte. Durante un tiempo tuvo que “conformarse” con jugar al básquetbol en silla de ruedas. Pero en octubre de 2015 lo habilitaron para entrenarse en una pileta. Nada menos que en la de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 2004.

“Poder entrenarme en esa piscina después de mi viaje como refugiado me dio mucha motivación para seguir adelante, con la esperanza de que algún día pudiera dar un mensaje al mundo entero. Una discapacidad o cualquier otra cosa a la que te enfrentes no debería impedirte hacer lo que te gusta“, reflexionó.

El debut en Río 2016 y la ilusión de Tokio 2020


Ibahim Al Hussein fue el primer atleta refugiado en competir en unos Juegos Paralímpicos. Foto Twitter @Rio2016

Los resultados no tardaron en llegar y en poco tiempo Ibrahim ya había ganado medallas en el campeonato nacional de Grecia y llamado la atención de los dirigentes de ese país.

En la previa de Río de Janeiro 2016, lo convocaron para formar parte del relevo de la antorcha como representante de los refugiados del mundo. Y diez días después de esa ceremonia recibió un llamado del IPC, que lo invitó a formar parte del equipo paralímpico de atletas independientes para la cita brasileña.

“No lo podía creer, estaba feliz, no me podía quedar quieto. Todos esos sueños que tenía de chico se hacían realidad y lloré mucho de felicidad. Todas las puertas que se me habían cerrado en la cara estaban abiertas de nuevo”, recordó emocionado. 

En la ciudad carioca se dio el gusto de ser el abanderado en la ceremonia de apertura y transformarse en uno de los primeros atletas refugiados en competir en una cita paralímpica. No tuvo grandes resultados -los Juegos se realizaron menos de un año después su vuelta a las piletas-, pero el IPC le otorgó el premio Whang Youn Dai, que reconoce los atletas que mejor ejemplifican el espíritu de los Juegos y que inspiran y entusiasman al mundo.

“En Río cumplí un sueño. Entrar al estadio Maracaná sosteniendo esa bandera es todo lo que quería hacer cuando era chico. Pero no pude competir bien porque no estaba preparado. Por eso estoy ilusionado con Tokio, unos Juegos que serán un mensaje de unidad, esperanza y paz para todo el mundo”, comentó.


Al Hussein en la conferencia de prensa del Equipo de Refugiados en la previa de Tokio. Foto Joe TOTH/OIS/IOC/AFP

Ibrahim disfruta de su nueva vida en Atenas, donde además de entrenarse y trabajar, ayuda a los refugiados a insertarse en la sociedad a través del deporte, como hizo él mismo hace unos años. Pero no se olvida de lo mucho que sufrió para llegar al lugar en el que está.

Hubo mucho sufrimiento y lucha en el viaje. Siendo una persona con discapacidad y un refugiado, tuve que cruzar de un lugar a otro sin saber qué me depararía el futuro”, contó quien volverá a cumplir en Tokio su sueño paralímpico. 

Porque a fuerza de trabajo y perseverancia se terminó ganando un lugar en el Equipo de Refugiados creado por el IPC para esta edición de los Juegos e integrado además por sus compatriotas Alia Issa (lanzadora de clava) y Anas Al Khalifa (palista), el taekwondista de Burundi Parfait Hakizimana, el nadador afgano Abbas Karimi y el lanzador de disco iraní Shahrad Nasajpour.

Y antes de terminar la charla, a poco de su debut en la capital nipona, Ibrahim recordó que su amigo, ese al que ayudó en 2012, sobrevivió, se casó y tiene tres hijos. “Tenemos un dicho en árabe: ‘Hacé el bien y tiralo al mar. Un día volverá a vos’. Mi amigo hoy es feliz. Por eso yo también soy feliz”, afirmó. 

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