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Afganistán y el fútbol: de la pasión al temor por la vuelta de las ejecuciones en los estadios

Aquellos mágicos festejos de 2013 parecen ahora apenas una sombra o una mentira para calmar desesperados. Sucedió hace ocho años, pero en este país de tantos contrastes ese tiempo puede resultar un suspiro o una eternidad. A la distancia, esa victoria fue un pequeño paréntesis en este Afganistán de tantas penas. La incertidumbre del país es también la incertidumbre de su fútbol.

La escena de 2013: ese ruido que parece hostil es una preciosa contradicción. No se están matando bajo el oscuro cielo de Kabul. Hay disparos que no invitan a dolores inmediatos. Hay gritos que no son desencantos sino hermosos desahogos. Afganistán escucha los sonidos de siempre pero esta vez no lastiman, cuentan otra historia: el fútbol, increíble espejo de tantas cuestiones, es ahora motivo de una felicidad.

En ese entonces, lo describió desde el lugar de los hechos el periodista Subel Bhandari, de la agencia DPA: “Durante largas horas resonaron disparos, pero esta vez el sonido de los fusiles Kalashnikov no tenían nada que ver con la guerra en Afganistán: eran la celebración por el primer título internacional de fútbol de la selección nacional”.

Las imágenes sucedieron luego de la victoria en la final de la Copa Subasiática, 2-0 frente a la India, en Katmandú. En simultáneo, vía Twitter, Ahmad Shudsha -militante regional en nombre de los derechos humanos- escribía: “No son disparos de guerra civil ni de los talibanes ejecutando gente, sino de alegría“. Por primera vez en demasiados años, tremenda paradoja, las armas ofrecían un mensaje feliz.

Pasaban otras cosas allí hace poco más de una década antes de esa única vuelta olímpica, en tiempos del régimen talibán. En la misma Kabul (y sobre todo en territorios lejanos a la capital), los escenarios desoladores se repetían sin interrupciones. Guerras internas, invasiones externas, conflictos diversos. Todo aportó para que el paisaje se deshiciera, para que las grietas y los escombros se apropiaran de cada porción de territorio. Pero también allí, desde las alturas del Tapa Maranjan, había espacio para un asombro: sobre un césped que parecía absurdo para el contexto, que en algún tiempo había sido campo de golf para ocio de los poderosos de turno, los hombres jóvenes jugaban cada tarde al fútbol. Como si se tratara de una tregua en tiempos devastadores. Corrían, pateaban, incluso gritaban una osadía: goles, ante los oídos vigilantes de los implacables guardianes talibanes.


Murtaza Ahmadi, el niño que se hizo la camiseta de Messi con una bolsa de plástico, y llevó su historia por el mundo. (EFE)

Enfrente había un emblema de esos tiempos inaceptables: el estadio Ghazi, el lugar más relevante para el deporte de este país de padecimientos repetidos. Allí, cada viernes se ejecutaban, apaleaban, apedreaban y golpeaban a todos los hombres que las autoridades de entonces entendían como inapropiados. Su manera cobarde de calificar a los crímenes de lesa humanidad que tiene al mundo en vilo. La inquietud habita de nuevo. ¿Volverán aquellos horrores?

El martes era el turno de las mujeres. Ocurría que el viernes era considerado un día santo y por lo tanto las mujeres no merecían el patético honor del castigo en ese día. La gente era obligada a concurrir a los martirios. Las calles eran cercadas con vallas y todos los caminos conducían al estadio, donde camionetas 4×4 pobladas de talibanes con armas inmensas se encargaban de ordenar el listado de los inminentes víctimas.

En ese lugar terminó prevaleciendo la felicidad: aquellos audaces que gritaban goles, por primera vez en su vida de tropiezos, pudieron sentirse campeones. No sólo por la gloriosa participación; sobre todo, porque el fútbol sucedía con la naturalidad de un amanecer.

El fútbol en Afganistán es la historia de una reconstrucción. Lo señala el periodista Andrés Burgo, siempre afín a estos recorridos periféricos vinculados al deporte: “El 20 de agosto, también sucedió en Kabul algo que excede cualquier resultado. Ese día, después de 10 años, la selección de Afganistán jugó su primer partido como local, y fue en el mismo estadio que los talibanes usaban para sus ejecuciones.

Era la época en que se habían prohibido los barriletes (todo lo que estuviera cercano al cielo era ofender a Dios) siguiendo por la libertad física de las mujeres (esa imagen de los burkas tapando los rostros) y en el medio, entre otras tantas cosas, el fútbol. El torneo local estuvo suspendido 15 años y recién volvió a jugarse en 2012. Ahora se disputa la segunda edición. Cambiaban las sensaciones. En un país y en una región en la que el cricket es el deporte más popular, el fútbol asomaba su inmensa cabeza. Y eso también era un síntoma. Se repite la pregunta, ¿y ahora?

La historia lo retrata como un seleccionado acostumbrado a perder e invariablemente lejano a las grandes citas. El primer partido con carácter oficial se disputó recién en agosto de 1941. Y a la distancia, ese 0-0 frente a Irán, tiene un carácter casi épico en términos del resultado. Los Leones -como los llaman- jamás jugaron un Mundial ni una fase final de la Copa de Asia. Su único registro en una competición de la FIFA aconteció en los Juegos Olímpicos de Londres 1948. Un partido, una derrota, una demostración: Luxemburgo lo goleó 6-0 en el debut y despedida.

Hubo largas ausencias por las cicatrices que la vida de este país cuenta. Pero, parecía, que ya era otro el seleccionado afgano. Poco se asemejaba -incluso- a aquel plantel de 2004 que se terminó desmembrando por la deserción de nueve de sus integrantes en ocasión de un viaje a Italia para disputar un amistoso ante Verona.

Por ahora, de todos modos, la pelota no dejó de rodar. el viernes 19 de agosto de 2021, cuatro días después de la entrada de los talibanes en la capital Kabul, el Herat Money Changers -equipo patrocinado por las casas de cambio de divisas, tan influyentes en el fútbol de esa parte del mundo como patrocinadores; al igual que las casas de apuestas- y el Attack Energy Club -equipo patrocinado por una bebida energética afgana- se disputaron el título de campeón de la Premier League de Herat, una de las Ligas regionales existentes en Afganistán, Se impuso el Attack por 1-0.

Para las mujeres el escenario es de miedo, de angustia. Sirve un detalle para contarlo. Khalida Popal, pionera del futbol afgano, refugiada en Dinamarca, les lanza un consejo: “Huyan, borren su historial en redes y escóndanse”. Agregó en declaraciones a la agencia AP: “Me rompe el corazón debido a que todos estos años hemos trabajado para incrementar la visibilidad de las mujeres, y ahora le estoy diciendo a mis mujeres en Afganistán que se escondan y desaparezcan. Sus vidas están en peligro”.


Un grupo de soldados del U.S. Central Command Public Affairs juegan al fútbol con refugiados afganos en la base aérea de Ramstein, en Alemania. (EFE)

Aquel 2013 duele por contraste. Retrataban las agencias de noticias que el parque central Shar-e-Nau era una fiesta de colores y de entusiasmos, tras la victoria en Katmandú. Allí se transmitió el partido frente a India en pantalla gigante. Un milagro sucedió bajo esa geografía: la gente sintió que podía bailar y cantar y saltar sin que nadie prohibiera ni limitara nada. En paz. Su paz.

Y así lo hicieron hasta bastante después de finalizado el encuentro. En algunos puestos de alimentos y en restoranes se regaló comida. Parecía una fábula. Pero era otra cosa: un auténtico sueño de fútbol capaz de matar a cualquier guerra, al menos por un rato. La sensación, por estos días es que todo aquello se deshizo, se murió. Incluso dentro de ellos.

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