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Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, a solas: reproches, mentiras y una bomba a punto de estallar

—¿Por qué dijiste que estamos mal con las vacunas? ¿Por qué hacen política con eso, si escasean en todo el mundo y acá están viniendo? —se enojó Alberto Fernández.

—¿Y vos por qué no me llamaste antes de anunciar las medidas? Elegiste que yo me enterara por los diarios. ¿Cómo no me voy a enojar? —respondió Horacio Rodríguez Larreta.

El Presidente y el jefe de Gobierno porteño estuvieron una hora y cincuenta minutos, mano a mano, sin testigos, en la Residencia de Olivos. A diferencias de las reuniones anteriores, previas al quiebre de la relación, sus asesores se quedaron en una sala contigua y no ingresaron en ningún momento. Al invitado le ofrecieron café apenas llegó. Dijo que se estaba cuidando, que solo quería agua, y avanzó con una carpeta bajo el brazo que contenía datos sobre la evolución del Covid-19, las camas disponibles, los protocolos en las escuelas y un apartado con la curva de contagios por franjas etarias y otro con los índices de movilidad en su distrito.

Alberto lo hizo pasar a la sala de reuniones del despacho presidencial apenas le avisaron que estaba. Horacio solía ir ahí cuando gobernaba Mauricio Macri. Hay algunos cambios estéticos. Ya no decoran el ambiente obras de arte del feng shui, ahora hay cuatro cuadros de Víctor Grippo, un artista argentino conocido internacionalmente por sus aportes al arte conceptual, y otro de Xul Solar, La lucha, que está valuado en cinco millones de pesos. La ventana estaba abierta para que corriera aire. Los dos se dejaron el barbijo para la foto, que se hizo apenas se sentaron. Luego, para la charla, se lo quitaron. Ambos tuvieron coronavirus.

El diálogo fue respetuoso, pero los reproches mutuos se intercalaron a lo largo de toda la reunión. Alberto le planteó una queja por las manifestaciones en las calles que rodean la Quinta. Le dijo que detrás de las movilizaciones está el ala dura del PRO. En su entorno siempre le ponen nombre y apellido: Patricia Bullrich. “Me hacen escraches en la puerta de la casa en la que vivo, tiran huevos y escupen a los policías”, sostuvo.

El alcalde le aseguró que él está en contra de los escraches y evitó hablar de Bullrich. Se concentró en lo que había ido a plantear. Le propuso a Fernández que, de mínima, reviera su posición acerca de cerrar las aulas en las escuelas primarias. Lo hizo con los datos que sacó de su carpeta. Reveló que, desde el inicio del año, muchos porteños cambiaron su forma de traslado, que cayó el uso del transporte público porque hoy más gente va a los colegios caminando o en bicicleta. Y le confió que tienen medido que el problema mayor se da en los adolescentes de entre 15 y 16 años que, en lugar de irse a sus casas cuando salen del colegio, se quedan amuchados en la calle o se juntan en los cafés. Entonces le propuso abrir las primarias y los primeros dos años de la secundaria y bloquear las presencias en el resto de los años.

“No voy a cambiar. Yo tengo otros números”, le devolvió el jefe de Estado. Y le pasó factura por su compartamiento antes de las últimas medidas. Según Fernández, su administración y la de la provincia de Buenos Aires habían cedido una semana atrás cuando discutieron el horario de cierre de bares y restoranes. La Ciudad quería que cerraran a la medianoche, la Casa Rosada a las 22. Acordaron a las 23, aunque -según la visión de Fernández- luego Larreta dijo en los medios que los locales cerraban a las 23 pero que la gente podía permanecer allí una hora más.

“Viniste a consensuar medidas y después las cambiaste. ¿Para qué viniste?”, le reprochó. Hubo más: le dijo que estaba subestimando la suba de contagios diarios de Covid-19 y le habló de casos en los que los pacientes porteños fueron trasladados a clínicas bonaerenses. Larreta se plantó. Eso mismo había escuchado de boca de Axel Kicillof y le había arrancado una tarde de ira a buena parte de su tropa. Otra vez apeló a las cifras: le dijo a Alberto que el 30% de las camas de terapia intensiva en la Ciudad son ocupadas por enfermos bonaerenses y que el 45% de los testeos que se hacen a diario en tierra porteña pertenecen a quienes viven del otro lado de la General Paz. No lo dijo pero lo pensó: eso es porque los testeos de Kicillof son escasos o, en algunas localidades, inexistentes.

Cuando regresaba de Olivos en una camioneta junto a Diego Santilli y los dos se conectaban desde sus teléfonos a una charla por Zoom con ministros y asesores, Larreta contó brevemente lo que había pasado. Se indignaron todos con la alusión a que los porteños se atienden en Provincia. “¿Quién se puede creer eso?”, dijo uno de ellos. Luego empezaron a elaborar la respuesta. Varios de los miembros del Gabinete porteño seguían con un oído la charla y con otro la conferencia en vivo que estaba dando Alberto Fernández. El Presidente acusaba de decir “mentiras” al jefe de Gobierno. En el entorno de Larreta responden que las mentiras parten siempre de la Rosada o desde el despacho de Kicillof.

Alberto le había confesado que varios de sus ministros no estaban de acuerdo con las nuevas imposiciones. De hecho, los reproches que Rodríguez Larreta le hizo a Fernández eran muy similares a las advertencias que el Presidente había recibido dos días antes de sus propios ministros. Entre ellos, el de Santiago Cafiero, su jefe de Gabinete, que suele ser poco conflictivo con la decisiones de su jefe.

El miércoles fue un día realmente agitado y tenso en Olivos y la Casa Rosada. Tres ministros quedaron en off side. Nicolás Trotta, el de Educación, fue el más lastimado. Había dicho unas horas antes que las clases presenciales serían prioridad y que no había que esperar un cierre; Carla Vizzotti, la de Salud, sentenció que las aulas no eran foco de contagio, y Mario Meoni, el de Transporte, aseguró que el movimiento en trenes y colectivos no eran motivo para más restricciones.

El habitual alboroto que se produce en el chat del Gabinete cuando surgen noticias de alto impacto esta vez no se sintió. Estuvo llamativamente silenciado. “Ya nadie quiere decir una palabra”, justificó un ministro. Efecto Losardo. Si se fue ella, todos se pueden ir. Ese espíritu impera.

Mientras los ministros se preguntaban cómo hacer cabriolas discursivas en radio y TV sin que se notara demasiado, Alberto decía en privado que estaba dispuesto a pagar todos los costos necesarios. “Si hay rédito será todo mío”, le oyeron.

Las muestras de solidaridad hacia los funcionarios desautorizados llegaron en privado. Trotta estaba afligido. Cuando Cafiero lo llamó por teléfono para darle la noticia (la misma modalidad que empleó Alberto para echar a Ginés González García), el ministro pensó en renunciar. Con el correr de las horas lo pensó mejor y se quedó. Sobre su celular se acumulaban decenas de mensajes. Entre ellos, el de Soledad Acuña. Su par en la Ciudad le escribió para forzar un diálogo y tratar de evitar el DNU. Acuña vio al rato que el mensaje estaba tildado con dos rayitas celestes. “Me clavó el visto”, diría.

Recién 48 horas más tarde Trotta habló por teléfono con Fernández. EL DNU ya estaba publicado en el Boletín Oficial. No fue un diálogo feliz. No le pudieron explicar por qué, tan solo algunas horas más tarde de que él defendiera en dos entrevistas radiales el mantenimiento de los colegios abiertos, se había grabado el mensaje presidencial. Días antes, Alberto había sido muy extremista sobre el crecimiento de los contagios. Trotta nunca pensó que afectaría el tránsito de las clases.

Alberto grabó el discurso sin oír demasiadas sugerencias. Empleó un tono duro y con tramos de los que se hablará por un largo tiempo. Por ejemplo: que los médicos se relajaron. Al terminar le propusieron si no lo quería grabar de nuevo o participar de la edición. Su respuesta fue negativa.

Cristina siempre estuvo al tanto de las decisiones, por supuesto. Ella y Axel Kicillof habían presionado a fondo para que el DNU contuviera restricciones duras. No habían quedado conformes con el esquema anterior. No está del todo claro si fue el gobernador el que convenció a Cristina de la necesidad de proteger al Conurbano o si ocurrió al revés.

Cristina y Máximo comienzan a batallar ahora para que la ayuda a los sectores perjudicados sea rápida y generosa. Plata no hay, pero no es momento de mirar el déficit. Eso dicen. La inflación, mientras tanto, sigue su ritmo: 4.8 en marzo, 13% en tres meses. La pregunta ya no es si se cumplirá la meta del 29% de Martín Guzmán sino si la cifra llegará a los niveles escalofriantes de los últimos dos años de la gestión de Cambiemos. El cóctel es dramático: suba de contagios, índice de pobreza del 42%, cierre parcial de la economía, inflación en alza y un clima social enrarecido, con amenazas de rebelión en las calles. Una bomba que se fue confeccionando de a poco, y que siempre parece a punto de estallar. 

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