El Indio Solari y el fútbol: del defensor que “sacudía los tobillos” al poema para RiquelmeDeportes 

El Indio Solari y el fútbol: del defensor que “sacudía los tobillos” al poema para Riquelme

Carlos Alberto Solari tiene una conexión especial con el fútbol. No sólo por haber tocado con los Redondos en estadios como los de Excursionistas, Huracán, Colón, Racing y River. El Indio además hizo una carrera como futbolista amateur o entre amigos y le encantaba jugar a la pelota.

Un encuentro de hace unos años en la Bombonera entre Solari y Riquelme.

“Seguí jugando al fútbol ocasionalmente por puro placer hasta que me quebré los meniscos, poco antes de dos show,s mientras peloteaba con mis sobrinos. Ahí aprendí que uno tiene que cuidarse y sentí la responsabilidad de que no me pasase nada. Si se manca el bajista, zafás, pero si me cago yo no hay remedio. Por eso largué del todo, a pesar de que me gustaba mucho”, comentó en su libro “Recuerdos que mienten un poco” (Memorias en conversaciones con Marcelo Figueras).

Solari se describe como el futbolista que era por aquellos años de juventud. Admirador de Juan Román Riquelme, pero repartidor de patadas como Eber Ludueña. “Yo jugué un poco al fútbol, me gustaba. Tiraba buenos centros, pero ante todo era amigo de los que jugaban bien y por eso me metían en sus equipos. Fui un buen marcador. No pasaba diez metros de la mitad de la cancha, porque no me gustaba entrenar. Era sucio para jugar: no pegaba fuerte, pero te sacudía el tobillo todo el primer tiempo y en el segundo ya no podías correr“, recordó el cantante que con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota convirtió a las canchas de fútbol en templos del rock.

Hincha de Boca y de Riquelme, quien lo había invitado a su truncada despedida en la Bombonera, en el libro del Indio se revela un texto/poema que le dedicó a ese jugador del que disfrutó y le vio hacer maravillas.

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El poema/texto del Indio Solari a Riquelme

“Un artista, creo yo, casi desconociendo tal magnitud y aceptando con gratitud ser un músico popular, tiene el deber de cruzar la frontera del sentido común de la sociedad donde se manifiesta. Visitar esa tierra incógnita las veces que sea necesario para así observar la vida desde un estado de conciencia que escapa con paso rápido de las tradiciones, del legado de los muertos. Sus recompensas son la soledad, el viento recio y transitorio de la pasión y las borracheras provocadas por la belleza ocasional.

Probablemente no consiga nunca que su destino sea nada más que el eco de sus deseos. Debe, entonces, ser lo suficientemente valiente como para que el temor no le impida a su apetito amoroso exponer lo que cree que debe expresar. Aceptará que su destino sea relativo pasajero y violento. Sus emociones, sus reflexiones y sus juicios personales, si no toma por asalto la esquiva belleza, no son nada. De lo extraordinario y extraño debe nutrirse su estilo (que nunca es neutral).

Ahora bien, luego de todo este parloteo con el que he jugado a describir lo que no me es propio, recién ahora veo que una definición ejemplar y clara me llega para acabar con este intento en vano. Y digo entonces: UN ARTISTA ES ROMÁN.

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