Diego Maradona cumple años y El Mondongo, la nueva Ciudad de Dios, está felizDeportes 

Diego Maradona cumple años y El Mondongo, la nueva Ciudad de Dios, está feliz

Parece una exageración, pero es cierto. Fernando Celaya –El Pela, le dicen- y Gonzalo Cesarini –El Lobo, le dicen- se levantaron cerca de las seis de la mañana para pasar a buscar a otro maradoniano el día del debut de Diego en el Bosque, contra Racing, por la Superliga​.

El mismo día se jugaba la final del Mundial de básquetbol en China, Argentina contra España.

“Vamos igual, lo vemos allá lo del básquet”, se dijeron y coincidieron. Fueron.

Tenían sólo un carnet y ninguna entrada. No se vendían ni en la reventa en el estadio de 60 y 118. Nada. Cero.

Corresponde aclararlo: dos de los tres viajantes no eran hinchas de Gimnasia. Sólo de Diego.

Ahora, después de transitar El Mondongo -ese barrio donde los triperos laten- y de entrar al último ratito del primer partido de Maradona en el club, cambiaron de opinión. Rezan para que el Lobo Diego no se vaya al descenso. Esta temporada se hicieron de Gimnasia. 

El Mondongo, barrio tripero, en escena. (Mauricio Nievas)

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El Mondongo es el barrio -quizá- más popular de La Plata. Allí, por sus rincones caminó y estudió un prócer de los tiempos recientes, René Favaloro​, especialista en corazones y en generosidades.

“Favaloro fue y es el perfecto representante de entender la medicina con perspectiva social. Y quizás El Mondongo mucho tuvo que ver en eso. Allí se formó antes de ser médico”, cuenta el cardiólogo Alejandro Paoletti, de la Fundación Favaloro.

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El barrio está situado en el límite este del trazado originario la ciudad, entre las avenidas 1, 60, 122 y 72. El catastro dice poco. Mide mucho más que esa modesta nomenclatura. “El Mondongo es enorme; no tiene límites”, dice uno de los vecinos.

Su nombre tiene una razón poderosa: la numerosa población que a principios del siglo XX estaba integrada por trabajadores de los frigoríficos ubicados en Ensenada y Berisso. Zona de laburantes, de postergados que se hospedaban en modestos reductos, de recién llegados en la búsqueda de una oportunidad tardía. 

Lo cuenta la historia: como parte de pago, los trabajadores dedicados a la faena recibían semanalmente un corte de la res vacuna llamado mondongo, casi lo que sobraba. Este mondongo era utilizado en las comidas de los fines de semana. Los desposeídos de esos días tenían otra tarea añadida: vendían ese mondongo que sobraba en puestos callejeros.

De algún modo o de varios, una suerte de Nápoles. Aquel Nápoles que Diego resignificó. 

Maradona, también en Nápoles. Ahora. Siempre.

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El escritor Daniel Kruppa presentó en 2013 el libro “GELP!”, su cuarta novela, escrita desde el rol de protagonista de la historia y del día a día del club platense.

“Gimnasia se parece a esos pueblos que resisten, Gimnasia no son los dirigentes ni los técnicos, ni los jugadores, va más allá de lo impensable, Gimnasia es otra cosa, tiene más que ver con los lazos afectuosos y la novela tiene que ver con eso”, detalla Kruppa.

Como El Diego, Gimnasia es resistencia. Como El Mondongo a través de su historia de luchas sociales.

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En El Mondongo las esquinas gritan que llegó Maradona con gigantografías, con murales, con palabras escritas en aerosol. “Diego transformó la tristeza en fiesta”, cuenta -emocionado- Luciano Cruz, hincha del Lobo, habitante de La Plata desde hace 33 años, todos los de su vida. Dice también que no le molestaría descender con Diego. Y abraza un árbol del Bosque. “Trae suerte”, dice. Y cree. 

Gimnasia y su sentido de pertenencia. (Mauricio Nievas)

Cerca de ese diálogo una pared señala: “D10S es Lobo”. Y ahora, en la antesala del Clásico de La Plata, un hincha dice que “el Diez mata al Siete”. Inequívoca referencia al 7-0 de Estudiantes en 2006,

Pero en El Mondongo, más allá del resultado, Diego generó otro ambiente: una fiesta. 

El Mondongo, barrio tripero. (Mauricio Nievas)

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La salida del Indio Ortiz dejó a Gimnasia el fondo del mar. El equipo estaba hundido en los puestos de descenso, el torneo ya estaba en curso y las alternativas que habían planteado como prioridades se diluían. Ni Eduardo Domínguez ni Julio Falcioni​ se vieron seducidos por la chance de dirigir al Lobo. Hasta que el presidente Gabriel Pellegrino pensó en Maradona.

Tanto para los dirigentes como para el entorno de Diego se trataba de una bomba más que se iría desactivando con el correr de las horas. No contaban con un atenuante: cuando Maradona se enteró que un club quería darle trabajo en Argentina se le movió el piso. Y, como suele ocurrir en su vida, nadie pudo detenerlo.

La revolución se tradujo en números. Y los ejemplos son bien variados. A Rapicuotas, uno de los sponsors que ya estaba en Gimnasia, se le llenó de clientes la oficina comercial un día después de la presentación de Diego en el Bosque. ¿El motivo? Querían la pelota con la que Maradona se había paseado por el campo de juego y que llevaba estampado el nombre de la marca. Fue así que la financiera aprovechó y le regaló una pelota (“como la de Diego”) a cada uno de sus nuevos clientes.

En La Plata debieron adaptarse a la fuerza. En la oficina de socios recibieron pedidos de todo el mundo. Medios de comunicación de Finlandia pedían acreditación. Ya están negociando con Le Coq para sacar una línea de indumentaria de tiempo libre con el sello Maradona. Y también hay otra marca dispuesta a auspiciar las gorras que usa el Diez en los partidos.

En las primeras tres semanas de Maradona en el club, el Lobo sumó 5.800 socios activos que engrosaron las arcas con casi 3 millones de pesos. Según informaron desde el club, se asociaron 2.463 hinchas nuevos mientras que 3.337 que estaban dados de baja porque debían más de cuatro cuotas restablecieron su situación y pagaron lo adeudado. Así, sin siquiera dirigir el primer partido pasó de 25.931 a 31.731 socios.

Diego Maradona, emblema de Gimnasia a esta altura. (Mauricio Nievas)

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Y este Diego es capaz de mudar El Mondongo de la resistencia a Rosario. Y la gente lo recibe de modo memorable. Emociona. Y se emociona. El Coloso Marcelo Bielsa le demuestra que lo adora, que lo ama. Le regalan un merecido trono para que se siente allí. Cómodo, rey, mago, D10s.

El hombre, repartidor de las mejores alegrías, sonríe, agradece, abraza. Habla pausado. Escucha aplausos. Vuelve a emocionar. Camina lento rumbo al vestuario. La gente lo ama. El ama. Y aplaude.

El partido terminó cuatro a cero. Sí, Gimnasia goleó como nadie lo esperaba. El entrenador no gritó con vehemencia ninguno de los goles. Respeto leproso. Se abrazó con los suyos. Le duraban todas las emociones en el cuerpo.

Cuando volvía desde Rosario su cumpleaños número 59 estaba naciendo. “Bendita sea esa mágica noche de Chitoro y Doña Tota”, escribió un tripero en Twitter. Y sí. Esa noche no sólo fue el principio de la Navidad del fútbol. También la del Diego del Mondongo. 

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