Loris Zanatta: “Cada elección se vive en la Argentina como una guerra civil simulada”Política 

Loris Zanatta: “Cada elección se vive en la Argentina como una guerra civil simulada”

-¿Cómo interpreta el regreso de Cristina Kirchner a la escena pública con la presentación de su libro, y la convocatoria a “un nuevo contrato social con metas cuantificables”?

-Lo que se vio en la Feria de Libro es a la misma Cristina de siempre. Suena como el león que decía haberse vuelto herbívoro: pobre la gacela que se lo creyó. Aplica la vieja enseñanza de Curzio Malaparte: “disimulen sus fines, sean moderados y vayan tomando el poder, todo el poder”; el famoso “vamos por todo”…

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-¿Es la idea del futuro entendido como la continuidad de un pasado interrumpido?

– Es el mito histórico peronista que lee su pasado como una marcha triunfal. ¿Para qué? Para reverdecer la “excepcionalidad” argentina: basta con leer cómo sus dirigentes acaban de recordar a Eva Perón en su centenario, acríticos y triunfalistas, incapaces de revisar su cultura política e institucional, de analizar la historia con la necesaria distancia. Como si fuera un permanente acto de fe. Se les escapa que la única “excepcionalidad” que el mundo le reconoce a la Argentina, es que ningún otro país del mundo ha caído tanto en el último siglo.

– “Hay que volver a ordenar la Argentina frente al caos de Macri”, dice también la ex Presidente en su libro…

-No sé que tan conciente sea de ello Cristina Kirchner, pero la invocación del orden contra el caos es muy coherente con toda la tradición del populismo latino: desde Perón hasta Chávez, sus palabras claves siempre fueron “disciplina”, “organización”, “unanimidad”. La idea básica de esa tradición es que la libertad individual, la libertad económica y el Estado liberal con su división de poderes representen la anarquía, la fractura de una comunidad orgánica, “el pueblo”, que en origen sería armónica y unánime. Lo que ellos presentan como una forma de “progresismo” siempre fue en realidad una nostalgia reaccionaria, el sueño autoritario de restaurar una comunidad mítica del pueblo. En términos de historia argentina es lo de siempre: una exhibición del poder de veto del peronismo sobre los gobiernos no peronistas; “solo nosotros podemos gobernar la Argentina”, ese es el mensaje.

-¿Se equivoca o acierta el presidente Macri al plantear la opción “retorno al pasado vs. seguir este camino? ¿Es la polarización un dato inevitable o una opción que se ha elegido?

-Desde la perspectiva de Macri, evocar los fantasmas del pasado es la única estrategia posible, al no tener muchos logros pare pedir “continuidad”, cuales que sean las causas de ello. El riesgo, en estas condiciones, es que la polarización se vuelva un búmeran y les juegue en contra. Supongo que lo habrán “calculado”, en la medida en que se pueden calcular esos riesgos. Yo, desde lejos y con una percepción tal vez distorsionada, habría pasado la mano a otro candidato o candidata: continuidad… pero con cambio.

-¿No son todos los líderes políticos actualmente un poco populistas, aún los que dicen no serlo?

-Para contestar de forma adecuada, hay que explicar qué se entiende por populismo, porque ya son tantas las definiciones que es imposible saber de qué se está hablando. Para mí, es esencialmente una “nostalgia de unanimidad”, la invocación de un pasado mítico en el que habría existido un pueblo puro, homogéneo, inocente, “sin pecado”.

-¿Una visión religiosa de la política?

– Sí, un imaginario religioso trasplantado a la dimensión política: “érase una vez un pueblo incontaminado”; la historia, el mundo, el enemigo, llámese como se llame, lo ha corrompido fragmentándolo; el populismo promete reconducirlo a la tierra prometida donde volverá a vivir feliz. El populismo es, en el mundo secular de la política, lo que la religión en el mundo sagrado de los antiguos: una utopía para escapar a la precariedad e inseguridad del hombre. Si es así, considerando que la modernidad implica una crónica desarticulación (y rearticulación) de identidades y vínculos sociales, el populismo seguirá siendo un ingrediente fisiológico de la política, a menos que el hombre, cosa improbable, deje de pensar religiosamente.

-¿Sería entonces una cuestión de grados…?

-Así es: mezclado con un sistema institucional democrático fuerte y una cultura política capaces de limitar esa pulsión unanimista, puede “normalizarse” e ir perdiendo su vocación mesiánica. En caso contrario, impone su “pueblo” como si fuera todo el pueblo y transforma la política en guerra de religión: hay países que nunca salieron de este dilema… -Pero hay populismos que se definen como “de izquierda” y otros a los que se define como de “de derecha”, ¿no hay grandes diferencias entre ellos? -Tienen en común esa nostalgia de unanimidad; o sea la convicción de representar un pueblo moralmente puro en que se conserva una identidad primigenia que debe ser redimida del contagio y de la corrupción moral causada por un enemigo. El enemigo es diferentes cosas según los casos, el mecanismo maniqueo es el mismo; al final, todo es una lucha religiosa del bien contra el mal, según ellos los entienden y definen. Desde su perspectiva, ambos populismos pretenden ser el todo y nunca la parte, ejercer el monopolio del poder basándose en una supuesta superioridad moral, una legitimidad histórica que le daría un derecho identitario por arriba del entramado institucional: el pluralismo no es para ellos fisiología, sino una dolorosa patología.

-¿Se subestimó la fuerza del populismo?

-No sé si se ha subestimado. Lo que pienso es que demonizar al populismo no sirve; más bien, le hace el juego al aceptar su representación maniquea del mundo, clave de su relato identitario. El tema es que el mejor -tal vez el único- antídoto contra el populismo es dejarlo que gobierne, que mezcle su vino mesiánico con el agua de la realidad, siempre compleja y prosaica. Pero los gobiernos populistas son peligrosos por los daños irreversibles que pueden causar y por el riesgo que, al encontrar como única resistencia instituciones débiles y deslegitimadas, puedan adueñarse de todo el poder y cerrarse la puerta a las espaldas: es lo que pasó muchas veces en América Latina. En ese caso no quedan más recursos para salir de él. Por eso la mejor manera de contener el populismo es fortalecer las barreras institucionales y obligarlo a rendir cuentas sobre temas concretos, en lugar de desafiarlo a grandes debates ideológicos.

-¿Cómo se relacionan estos populismos con el crecimiento de la extrema derecha en Europa?

-El crecimiento de fuerzas antisistémicas, soberanistas, a veces directamente xenófobas o racistas, es obviamente preocupante y amenaza los valores mismos en que está basada la construcción europea: la idea de sociedad abierta, solidaria, pluralista. Al mismo tiempo, no creo en los escenarios apocalípticos y me gusta pensar que la borrachera radical no tiene la visión, la capacidad, los instrumentos ni el consenso para torcer el rumbo de la historia política europea. Si se lo mira con cierta frialdad, cosa por cierto difícil en el clima dramático de nuestros tiempos, se observará que, sumando factores como el aluvión migratorio, los cambios tecnológicos, la larga recesión económica, la pérdida de peso en el mundo globalizado, era inevitable y hasta previsible que en Europa se desencadenara una ola populista que predicara protección, homogeneidad, soberanía, identidad.

-¿Cuál es el rol que está cumpliendo, a su criterio, el Papa Francisco en este contexto? Usted suele ser muy crítico al respecto…

-Visto desde Europa, donde “populistas” se suelen llamar a los partidos nacionalistas y xenófobos, el Papa suena antipopulista por su apertura a la inmigración. En esto, yo estoy de acuerdo, aunque creo que pecó mucho de ingenuidad: son procesos históricos complejos y delicados, van gobernados con prudencia por la política, no a golpe de Evangelio. En América Latina, en cambio, los que se suelen llamar movimientos populistas son, para el Papa, “populares”: encarnan la “cultura” del pueblo pobre y “mítico” contra la clase media “colonial”. Aquí apunta mi crítica: la visión del mundo del Papa es heredera de la eterna lucha de la cristiandad hispana contra la tradición ilustrada.

-Su próximo libro “Fidel Castro, el ultimo rey católico” habla de esa influencia sobre las izquierdas latinoamericanas…

-La clave de lectura que propongo del mayor ícono de la “izquierda” latina y del antiliberalismo global se basa precisamente en eso: en la relación, vehiculizada por creencias e instituciones, entre el imaginario religioso antiguo, en ese caso el de la cristiandad colonial, y los populismos contemporáneos.

-El subtítulo, lo del “rey católico”, no es entonces una metáfora…

– Fidel se cree Cristo resurgido y promete la expiación de los pecados causados por la modernidad liberal; es más: vé en Cristo un joven brillante que anticipó su venida. Todo termina en una utopía reaccionaria: para impedir la corrupción moral del hombre y devolverlo a la armonía de un pasado mítico, no queda otra posibilidad que impermeabilizarlo del cambio histórico, del bienestar económico, de las tentaciones individuales. Su ideal es el estado confesional que pretende moralizar el individuo, la espada al servicio de la cruz de la fe, llamada comunismo.

-Ya sobre el fin de esta segunda década del siglo XXI, ¿continúan los ciclos pendulares de de fuertes ilusiones y desencantos en América latina?

-Son ciclos diferentes según los casos y contextos: el ciclo mexicano está en un punto muy diferente del ciclo en América del Sur, donde también el tiempo y la historia cavaron profundos hitos entre países del Atlántico y del Pacífico; entre Brasil y los hispanos; entre quienes tuvieron tradición laica y democrática y quienes la tuvieron populista y anti-liberal Por eso, no me animaría a ver un ciclo unívoco en la región; me limitaría a observar que hay casos donde el rumbo del país está más o menos definido y donde las elecciones no ponen en juego los fundamentos institucionales, filosóficos o jurídicos; otros casos, en cambio, son más dramáticos porque no se formó un consenso histórico sobre esos mismos fundamentos, o donde se había formado se destruyó sucesivamente. Venezuela es el caso más dramático, pero la historia argentina no se distancia muchos de ese dilema. De ahí que cada elección sea “epocal”, cuestión de vida y de muerte, una guerra civil simulada.

La política del presente bajo la lupa de la historia

¿La historia está soplando en la nuca de la política, o es la política actual –y sus crisis- lo que convoca a los duendes y fantasmas de la historia? “Ambas cosas”, responde Loris Zanatta, recién llegado de un Festival de Historia, en Nápoles, iniciativa de una editorial italiana con historiadores que dan charlas magistrales en teatros a la manera de los talk shows, donde habló a sala llena sobre “Populismo jesuita”, título que alude obviamente al Papa Francisco: “Historia y política son vasos comunicantes -se explaya. No tienen fronteras definidas. El problema es más acuciante donde no se logró un consenso sobre los fundamentos del orden político y prevalece la lógica confrontativa de tipo amigo-enemigo típica de los populismos: en esos casos la historia nunca descansa en paz, nunca se limita a ser objeto de estudio, y retorna como un eterno presente, hasta límite grotescos come el culto religioso a Bolívar por el chavismo o la provocadora e imagen de Eva Perón en la Avenida 9 de Julio”.

Zanatta nació en Forlí, una ciudad de provincia del norte de Italia entre el mar, las colinas y los frutales, hace 56 años, pero muy pronto se mudó a Bolonia, a unos setenta kilómetros, donde vive desde entonces: “amo mi ciudad, me encanta su equilibrio entre ética del trabajo y placer de vivir, compromiso y tolerancia. Además de enseñar en la universidad, cosa que sigo disfrutando al punto de considerarme un adicto al trabajo, ahí cultivo mis grandes amores: mi hijo, mi pareja, mis gatos, mi cuadro de basket, el Virtus, donde recuerdo con orgullo haber visto crecer un grande, Manu Ginóbili. Es uno de mis tantos vínculos, afectivos y personales, con Argentina: viajé por primera vez en el año 1988; sigue siendo una parte importante de mi vida”.

Publicó varios libros sobre historia del peronismo, entre ellos una biografía política de Eva Perón. La historia de Evita –señala- “puede muy bien convertirse en el hilo de Ariadna que conduce hasta los más retirados e íntimos rincones de un imaginario social antiguo y permite que lo observemos en su pugna con la modernización, una incursión a las entrañas de una cultura política, una cosmología religiosa y una antropología social de sólidos rasgos comunes dentro de lo que se entiende como ‘el Occidente latino’”. También es autor de una Historia de América latina (Siglo XXI) y de El populismo (Katz, 2013).

¿En qué momento histórico elegiría detenerse para encontrar algunas claves que ayuden a comprender las encrucijadas actuales? “Tal vez -responde- detendría la cámara en el 11 de septiembre de 2001, porque simbólicamente representó la destrucción física del optimismo racionalista por parte del fanatismo religioso utilizando instrumentos tecnológicos modernos: toda una metáfora Observo, sin embargo, que lo que está pasando no es tan nuevo ni sorprendente: vivimos una época de reacción religiosa, comunitaria, identitaria, irracionalista a una época que fue de rápida y profunda apertura; el instinto de la tribu prevalece sobre la curiosidad hacia el mundo. Es como un péndulo: pasó en la época de entreguerras después de la gran globalización de las décadas anteriores; en los años ’60 y ’70, en reacción a la ola democrática y liberal de la posguerra; hoy como reacción a la llamada “globalización liberal” sucesiva al fin de la guerra fría. Seguro que el péndulo volverá a oscilar en sentido contrario, hacia el polo de la libertad y la pluralidad”.

Itinerario

Loris Zanatta, en su oficina de la Universidad de Bolonia.

Loris Zanatta es profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bolonia, en sus sedes de Italia y Argentina, donde dirige además la Maestría en Relaciones Internacionales. Es autor de numerosos libros, publicados en Europa y Latinoamérica y escribe en diarios y revistas sobre temas de actualidad. Es miembro de la Academia de la Historia. Entre sus libros se destacan Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943 ; Perón y el mito de la Nación católica. 1943-1946 ; Historia de la Iglesia argentina, con R.Di Stefano; Breve Historia del peronismo clásico; Eva Perón. Una biografía política; Historia de América Latina; La internacional justicialista y El populismo.

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